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Hace varios años, en el año 2003, sí, me parece que sí fue ese año; lo recuerdo muy bien, fue el 29 de febrero, ya antes habían venido varias veces aquí a Ayotzinapan cuatro o cinco hombres, eran extranjeros, porque eran altos y güeros, no sabíamos de donde venían porque no hablaban con nadie y no hablaban castilla, los veíamos llegar y se sentaban en la bardita frente a la iglesia, allí estaban, allí platicaban entre ellos y después sacaban sus aparatos y se ponían a trabajar, parecía que escribían y no dejaban acercarse ni a los niños. No eran como cuando llegan otros que son turistas, nos saludan, nos preguntan cosas, nos quieren comprar las tortillas, los niños los andan siguiendo y hasta les regalan cosas, pero ellos no, nunca nos hablaban.
Ese día 29 los vi allí sentados, ya ves que por mi enfermedad siempre estoy aquí frente a la casa, no voy a ninguna parte, ese día no sacaron sus aparatos, sólo platicaban entre ellos, era el medio día y de pronto cargaron sus maletas y se van hacia Ajpasat, a donde está la cueva que nuestros abuelos nos han enseñado que no podemos entrar, tomaron el camino que baja por la casa de doña Consuelo y como los niños fueron siguiéndolos, vieron cómo se fueron derechito a la cueva y entraron; entonces uno de los niños, Cornelio, que es mi nieto viene corriendo, bien espantado, a decirme que esos hombres se han metido a la cueva, yo siempre les había dicho que allí nadie puede entrar de cualquier manera porque puede sufrir una desgracia, es decir, lo pueden castigar.
¡Ave María!, pensé, ¿qué nos va a pasar? pues a ese lugar nadie puede entrar sólo por curiosidad; allí solamente puede ir quien tiene respeto y porque tenga mucha necesidad porque esa cueva es la entrada de Talokan nuestro Padre y Talokan nuestra Madre, allí está la morada de los santos señores hacedores del agua, por eso es un lugar sagrado y no se puede ir como quiera.
Pues allá se fueron a meter y ya viste la desgracia que ocasionaron a nuestro pueblo, por poco nos morimos todos.
Recuerdo muy bien ese día, eran como las cuatro de la tarde, después de que se metieron comenzó a nublarse mucho, se puso muy feo el tiempo, las nubes se arrastraban hasta el suelo y al poco rato comenzó a caer un aguacero tan grande, con víboras de fuego, que ustedes llaman rayos y con mucho granizo que lastimó nuestras milpas, nuestros árboles de mamey y de zapote negro. Me puse a pensar: si perdemos nuestro sagrado maíz, que es lo que nos alimenta todos los días y no se da nuestra fruta para vender, ¿cómo no va a peligrar nuestra vida? ¿Qué les daremos a nuestros hijos y a nuestros animalitos? ¿Cómo podremos al menos salir a recoger algo de leña para hacer el café?
Ese aguacero tan fuerte, duró toda la noche y todo el día siguiente que ya era el día primero de marzo y otra vez toda la noche.
Entonces me espanté mucho y comprendí que estos hombres nos trajeron esa desgracia, comencé a rogar a Talokan nuestro Padre y Talokan nuestra Madre: tengan piedad de nosotros, si estos tontos fueron allá a molestarlos en su venerable morada es porque no saben cómo entrar ni quiénes pueden entrar, pero nosotros, sus hijos, ¿qué culpa tenemos, cómo vamos a sufrir por ellos?
Yo creo que me escucharon porque, quién sabe con qué aparato del demonio se comunicaron y ya se supo que eran extranjeros y eran militares pero no podían salir, el agua no los dejaba, pero yo pienso que eran Talokan nuestros padres que los estaban castigando, allí estuvieron todo el día dos y tres hasta que llegaron otros militares de su país, creo que se llama Inglaterra, quienes los pudieron sacar hasta como a las seis de la tarde; todos los querían ver pero no dejaban acercarse a ellos.
Hubieras visto cuánta gente vino, cuántos carros, había muchos soldados y muchos periodistas; aquí nunca había venido la televisión pero ese día con sus cámaras casi no cabían en el asoleadero de doña Consuelo, hasta tu ahijado Pablo puso su puesto de tacos y otros que vendían comida y todos vendieron muy bien. Otros alquilaban sus bestias para llevar a los periodistas que no podían caminar hasta la entrada de la cueva porque está muy feo el camino.
Pero lo que yo te quiero decir es cómo puedes tú entrar a la cueva sin que te pase una desgracia, como esa que todos sufrimos, porque si entras sin necesidad o sólo para ir a ver qué cosa hay, te castigan nuestros padres Talokan. Eso nadie me lo contó, yo lo vi cuando era niño, mi papá me llevó a trabajar por allá cerca y como se nos acabó el agua yo pensé en ir a la cueva a llenar mi galón, pero, ¡cómo vas a creer! Como entré sin pedir permiso, mientras estaba admirando la tinaja que hay allá dentro, me di cuenta que mi galón ya iba hacia afuera, el agua lo arrastraba y cuando corrí a tomarlo vi cómo se levantó en la entrada de la cueva la víbora de fuego, entonces me di cuenta que estaba a punto de recibir un castigo por no respetar lo que mi papá me había dicho, de que a esa cueva solamente se puede entrar con mucho respeto.
Como te dije antes, tú puedes ir, si tienes una necesidad grande, si no tienes qué comer o no tienes con qué vestir a tus hijos; pero deber ir con mucho respeto.
Cuando ya estés unos diez metros adentro debes detenerte y decir: “Talokan nuestro Padre y Talokan nuestra Madre, perdonen que los venga importunar aquí en su venerable morada, no vengo por otra cosa, solamente vengo a rogarles por mis hijos, aquí es el lugar de donde se nos da la vida y donde se encuentran nuestras raíces, desde aquí ustedes hacen germinar la tierra para que tengamos el alimento, por eso vengo a rogarles que nos concedan el maíz para nuestro sustento, lo que necesito para vestir a nuestros hijos; no les pido mucho, sólo pido lo necesario para vivir”.
Si vas así, con ese respeto, te conceden lo que pidas y aunque pidas dinero, te lo dan, pero no mucho sino lo que necesitas para vivir y eso no te hace sentir que eres o puedes más que los demás, no te vuelves envidioso.
Así fue; estos hombres por poco se mueren en esa cueva, y a nuestro pueblo le causaron un daño muy grande porque perdimos nuestras siembras; y nuestros árboles de mamey y zapote no dieron sus frutos como siempre, además por el susto muchos nos enfermamos.
Ese año nos costó mucho trabajo conseguir nuestro sustento, sentimos mucho miedo y creíamos que íbamos a morir pero con el favor de nuestros padres aquí estamos platicando todavía.
Ojalá que no vuelvan esos militares ni gente como ellos porque sólo vienen a burlarse de nuestros lugares y espacios sagrados, vienen a burlarse de nosotros. Y nuestro gobierno ni se entera de lo que nosotros pensamos acerca de esas cuevas, no le importa nuestra vida, nuestro pensamiento ni nuestra palabra, las noticias o los periodistas tampoco saben de nosotros y por eso no dan a conocer lo que sentimos o pensamos cuando alguien entra a esos lugares.
Para nosotros, en ese lugar está el principio de nuestra vida. Allí viven nuestros creadores.
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