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En un trabajo reciente en el que participé y que próximamente será publicado (Violencia escolar y de género en las secundarias mexicanas, Organización de Estados Iberoamericanos, 2009) hicimos una revisión detallada de la violencia que se genera en las escuelas en varios estados de nuestro país.
Lamentablemente Puebla no formó parte de esta investigación. El trabajo se realizó a través de talleres con padres de familia, profesores y estudiantes con el fin de que en estos espacios aparecieran las percepciones que tienen sobre las formas de violencia y, más importante aún, para que reconocieran los tipos de violencia que observan, padecen o ejercen contra los otros.
Asimismo, se recogieron las propuestas de los participantes para intervenir y disminuir, de manera paulatina, el grave y creciente problema de la violencia de género y escolar que se retroalimenta de la arraigada cultura de discriminación contra las mujeres; del tipo de violencia que padecen quienes se encuentran en los niveles menores de la jerarquía política y administrativa y por las decisiones de militarización y criminalización de los movimientos sociales emprendidas por el actual presidente de la República.
La violencia, se dice con mucha frecuencia, es consustancial a los seres humanos. No hace falta dividir a la población en violentos y pacíficos. En cualquier momento de nuestra vida aflora la violencia ante situaciones que son adversas para cualquiera de nosotros. En otras los seres humanos somos capaces de soportar la violencia en situaciones en las que nos reconocemos vulnerables porque, tal vez, se espera un escenario más violento si no se resiste. Es decir, que la naturaleza humana tiene patrones de agresividad inherentes a su condición que son a la vez diversos y adaptables a las distintas circunstancias.
La violencia en las escuelas es un grave problema que se ve nutrido por todo lo que pasa en la sociedad. Las formas de discriminación y exclusión que se observan y crecen en las escuelas son un reflejo de lo que se vive en los hogares, en el trabajo y en las calles de cualquier ciudad de Puebla, México y del mundo.
Encontramos en el estudio referido una gran diversidad de formas de violencia en los pasillos, aulas y direcciones de las escuelas. Las cometen estudiantes, docentes o padres y madres de familia. Unos contra otros. Pero algo hay en común en todo este patrón: que se ejerce la violencia contra los vulnerables. En el hogar y en la institución de hombres a mujeres, generalmente; de profesores a profesoras y alumnas; del director contra docentes hombres pero en especial hacia las profesoras y alumnas.
Hay ocasiones en que esto se rompe para dar paso a la violencia de padres de familia contra las docentes o de madres de familia contra alumnos del plantel y de chicas contra personas de su mismo género. El asunto es que son guerras sin cuartel que se respiran y viven en los espacios escolares a través del acoso sexual, la violencia física, psicológica y verbal y la discriminación relacionada con el color de piel y las formas de hablar.
En la Universidad Pedagógica Nacional de Puebla (UPN) ocurren estos tipos de violencia, de una u otra forma y es entendible si observamos lo que ahí ocurre. Para empezar, el director Pedro Valdés considera que su cargo público le da derecho a ejercer su poder sobre los demás sin tomar en cuenta ningún punto de vista distinto. Violenta las relaciones entre los docentes, las interacciones entre alumnos y maestros y, no se diga, discrimina a las alumnas y maestras de la institución. Pero se ensaña, paradójicamente, con las indígenas.
Pedro Valdés proviene de una cultura política en la que se rinde pleitesía al servilismo y no considera ningún criterio académico o pedagógico para tomar las decisiones. Sabe que debe el puesto a los favores concedidos y actúa en contra de la comunidad universitaria ejerciendo su poder por encima de cualquier razón u objetivo universitario.
Hace unos meses invitó a algunos alumnos de la licenciatura en administración educativa a fungir como esquiroles en el conflicto magisterial. Esto es, ejerció el poder sobre los alumnos que, sin reparo alguno, acudieron a resguardar las instalaciones del SNTE. No importaba que los estudiantes perdieran días de clase. Pasó por encima de ellos, de sus derechos y por sobre los profesores a quienes ignoró por completo en esa decisión. Pero, y según su juicio, para eso es el director, para hacer lo que se le antoje.
Otro motivo de violencia institucional que cometió el director de la UPN es cerrar cualquier intento de comunicación y de trabajo conjunto con los alumnos y docentes que no comulgaran con sus ideas y ambiciones. A ellos les aplicó los violados reglamentos mientras respaldaba a un docente acusado de acoso sexual, por las alumnas, y que fue separado de la institución por ese grave problema en otra administración. Violencia de género se llama a eso.
Otro acto de discriminación fue contra los estudiantes indígenas de esa universidad. Aparte de permitir la discriminación –por parte de sus más cercanos colaboradores- en un acto público en el que los callaron por “indios”; otro grupo de alumnas indígenas intentaron hablar con él y nunca fueron escuchadas. Necesitaban plantearle que querían ser reinscritas y se negó rotundamente, además de decirles que mejor se regresaran a su pueblo. No obstante, en Puebla el rezago educativo de mujeres entre 15 y 29 años es de 37.6% y se presenta, más recrudecido, en comunidades de entre uno y 2 mil quinientos habitantes donde alcanza al 54.7% de las mujeres (Inegi, 2005). De esos lugares provienen las estudiantes indígenas de la UPN de Puebla. Discriminación por condición social, color de piel, fenotipo y violencia de género.
No está demás decir que en las coordinaciones o espacios de decisión de la UPN de Puebla sólo están profesores, con y sin perfil, pero que por coincidencia de género y estilos de trabajo con el director pueden formar parte de su equipo. Ninguna profesora está en los niveles de decisión.
Para cerrar con broche de oro este rosario de actos violentos hay que decir que Pedro Valdés arrebató, en complacencia con algunos funcionarios de la SEP, como Reinaldo Gil Vélez, la plaza laboral que hoy ostenta y que ganó una profesora con una trayectoria brillante en la investigación y en la docencia en un concurso por oposición.
La violencia laboral y de género que ejerce el director de la UPN en contra de las mujeres y en contra del personal y estudiantes de esa institución hubiera sido motivo suficiente para no permitir su participación en el evento que organizó el Ayuntamiento de Puebla el día de la no violencia contra las mujeres. El hecho de la invitación sólo refleja el atraso, la complicidad y la autocomplacencia entre los políticos. Sin mesura y sin ninguna responsabilidad frente a la sociedad. Lorenzo Meyer y Julio Glockner fueron las notas discordantes que brillaron en ese concierto sin musicalidad.
Realmente da pena ajena que estos personajes ocupen cargos que obstaculizan procesos pedagógicos relevantes entre la comunidad educativa, pues generan, desde sus posiciones de poder, la violencia laboral, institucional y de género con toda impunidad. A la vez que impiden el desarrollo de capacidades intelectuales, el ejercicio de los derechos humanos fundamentales y la ampliación de los horizontes de libertad. La educación de Puebla no puede ser transformada ni la violencia institucional y de género disminuidas mientras los puestos públicos se den por motivos de conveniencia política.
www.educacioncontracorriente.org
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