El Estado es algo más que una estructura de dominación; es algo más que el “monopolio de la violencia legítima” (Weber). Es un repertorio semiótico con el que se entiende a sí misma una colectividad. Es, para decirlo con una metáfora, la lengua humana antes de Babel.
Si, en este sentido, algo distingue el antes y el después de la “transición” democrática (dudoso concepto, por cierto), es que el sistema hegemónico, hoy rebasado temporalmente, ofrecía un lenguaje unificado, un manual de instrucciones en el que quedaba claro cuáles eran los límites y las posibilidades; los confines, por así decir, de lo permitido y lo prohibido. Se sabía que en política era posible ser cooptado o ser opositor, pero si se elegía el segundo camino, el destino era la impotencia. Y si se decidía disentir por medios extralegales vendría la represión. Era un idioma seco y duro como el español antiguo, pero no se podría decir que fuera confuso.
La transformación de las reglas de acceso al poder dejó prácticamente intocadas las de su ejercicio. Ya se ha convenido en eso. Implícitamente, el Pacto por México lo reconoce. Nos movemos hoy con un lenguaje que indica que para competir por el poder hay reglas democráticas, pero que para ejercerlo aún hablamos un viejo idioma. Es indudablemente expresión esquizofrénica. Nos movemos en un doble lenguaje en el que no pueden florecer las virtudes de la democracia.
Votamos y se cuentan los votos, es cierto. Pero los ciudadanos compartimos la idea de que los políticos, una vez electos o designados operan en el reino de la arbitrariedad. Todo intento de rendición de cuentas es sucedido por una decepción. Hasta el IFAI, magra y singular (por no decir única) conquista de la primera alternancia, se encuentra sumido en el entredicho; la transparencia no brilla en esa casa. De las entidades federativas ni se diga. El uso de los recursos fiscales por la mayoría de ellas revela una disposición voraz a la depredación sin precedentes.
Sumemos corrupción, violencia, crimen organizado, violación de los derechos humanos. ¿Qué tenemos? Un manual de instrucciones que mina toda esperanza de moralidad y coherencia entre el discurso en que se envuelve la actuación política de los gobernantes y la vida real de los ciudadanos. En esta “el que no transa no avanza” y en aquella al que no jala lo descobijan.
La esquizofrenia es, ante todo, confusión. Un sujeto que no puede ponerse de acuerdo consigo mismo, que tiene en su ser una falla irremediable que le impide reconocerse y que lo lleva de un lenguaje al otro, irreconciliablemente.
El Estado, a pesar de sus crisis, de su desarticulación histórica, de sus transformaciones, es una medio que ata, una estructura que cementa. Y, por lo visto, puede hacerlo de varios modos, unificando y dando congruencia a la vida colectiva o dividiéndola. La consecuencia es hacer de ella un lugar en el que comprender es imposible y en el que el entender de cada quien es dejado a su albedrío y éste convertido en la principal autoridad, habida cuenta de que en lo público se habría renunciado a construir comunidad.
El Pacto por México será un termómetro de la recomposición o de la degradación del Estado. En su nacimiento ha reunido a las formaciones políticas más abarcadoras, el PRI, el PAN y el PRD. Su consejo rector reúne a un grupo representativo que, para fortuna del país ha quedado cautivo de la oferta de cooperación que representa. Están todos los que debieran ser, para ordenar a los que son aunque no debieran ser.
Si las realizaciones del pacto tienen éxito este solamente podrá ser registrado por el cumplimiento de sus promesas. Y estas son la suma de aquello que en México nos debemos desde el Estado.
La característica específica del Pacto es haber incluido en su seno a todos los actores relevantes. El que se salga, como decía el clásico “no sale en la foto”. Cada uno tiene el poder de desertar y dejar de convalidar el acuerdo, pero mientras no lo haga tiene el deber de abonar a la realización del programa formulado en su texto.
Quizás no se consiga todo, pero a menos que se logre lo más importante consignado en él, el Pacto sería un fracaso en la superación de un Estado disperso y contradictorio que impide a sus ciudadanos comprender en dónde viven y para qué. Muchos quisiéramos que sus realizaciones unifiquen a un país sediento de códigos congruentes si bien diversos, en los que el individuo reconozca su pertenencia a la colectividad y la legitimidad de un orden nuevo, en el que el manual de instrucciones naturalice un Estado democrático de ciudadanos libres.
@pacovaldesu
Director de la Facultad Latinoamericanade Ciencias Sociales (Flacso) sede México
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