Defenestrada, abandonada por sus cómplices, negada por sus propios familiares cuando su falso poder se evaporó en horas y solo quedó en su derredor el morbo y la traición, la pregunta que surge por todas partes es: ¿qué va a ocurrir ahora con la educación?
Si bien las escuelas han seguido trabajando sin la sombra amenazante de la lideresa vitalicia, hoy permanecen los mismos vicios de ayer: pésima calidad pedagógica, equipos inadecuados, maestros desmotivados, directores sindicalizados, conserjes gansterizados, padres insatisfechos y talento infantil desperdiciado.
Muchos son los frentes. Muchas cosas están mal y la tarea de recomponerlas llevará tiempo, recursos y valor.
Lo primero que salta a la vista es la conveniencia de separar claramente las actividades de alta calidad científica y tecnológica de las tareas de operación. Algo muy diferente es la investigación y búsqueda de nuevos métodos y experiencias pedagógicas que debe realizar la Federación, y otra muy distinta la lidia cotidiana, llena de problemas y conflictos, de la enseñanza, que toca a las autoridades locales.
Es también evidente la enorme diferencia entre los universos educativos del país. No es lo mismo Nuevo León o Baja California que Oaxaca o Guerrero. Cada región es un diverso microcosmos social y educativo, por lo que hay que ampliar y acelerar toda la descentralización operativa.
Quienes han tenido contacto con el mundo de la educación saben de la necesidad de deshacer el grotesco nudo gordiano de la burocracia educativa —verdadera telaraña de programas, circulares, comisiones, acuerdos—, inventada con el único propósito de impedir la transparencia.
Se sabe también, desde hace años, de la conveniencia de descentralizar totalmente la educación preescolar y primaria hacia los municipios, con el propósito de ubicar los recursos y las decisiones en los sitios donde ocurren los problemas, comprometiendo a las comunidades y a los padres de familia en la operación vigilante de esa fase educativa.
Y el gran tema, siempre diferido, de responsabilizar a las autoridades estatales y a las secciones sindicales locales de la solución de todos los temas relativos al contrato colectivo, dotando a ambas de los recursos económicos y legales suficientes; de tal manera que se logre despojar a los líderes nacionales del inmenso poder que les otorgó la debilidad de las autoridades panistas. Que los gobiernos locales sean los titulares de los contratos laborales y las autoridades federales se focalicen en la estrategia educativa nacional.
Por tanto ante la pregunta: ¿qué hacer con la educación? Las respuestas tienen que ver con: reasignación de recursos públicos y contratos de trabajo, innovación tecnológica, renovación pedagógica, reeducación magisterial, transparencia en las relaciones sindicales, descentralización a los municipios de la educación básica y empoderamiento de padres de familia y comunidades.
También hay que volver la vista hacia los ejemplos de revoluciones educativas exitosas en el mundo: la India y Corea son dos de ellas.
Urge abrir la discusión sobre estos temas y otros. Hasta hoy solo se ha quitado el enorme bloque de cartón-piedra que impedía el paso. Ahora: manos a la obra.
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