 |
 Cuentan que en alguna ocasión cuando viajaba cerca de su barrio por San Diego, California, Elba Esther Gordillo, al pasar frente a una agencia de autos BMW, le dijo a su acompañante, uno de sus allegados, cómplices, amigos: "párate aquí: ese carro me gusta. Baja y cómpralo".
El desplante ilustra la desproporción. La dirigente de los trabajadores pensaba con cabeza de patrón. Eso ha sido común en la historia mexicana moderna. Los líderes sindicales se han enriquecido a costa de los trabajadores que dicen representar. Siempre en la impunidad en el marco de un sistema que premia sus deslealtades al gremio y su abyección frente a los mandos. Y la suya es una función de contención, de cabeza agachada y mano extendida, de sacrificio de sus bases para el beneficio de las dirigencias.
El charrismo sindical no ha desaparecido. Se ha modernizado. Ya también chatea y tiene cuentas en el extranjero.
El gobierno federal puede presumir, que ni qué, el elegante golpe asestado a la impresentable dirigente magisterial cuyos delirios le alejaron absolutamente de la realidad. Pero la maquinaria política que ha empujado a puestos de elección a muchos de los personajes que hoy gobiernan el país está repleta de Gordillos. El líder charro, el líder corrupto, es la pieza funcional. Lo ha sido con el robo de cuotas de trabajadores y con los actos de extorsión tanto económica como política.
Los líderes de los trabajadores se convierten en empresarios. Con la riqueza acumulada adquieren casinos, constituyen inmobiliarias, venden protecciones. Todo de la mano que les da de comer, que los engorda, que los convierte en mascotas del régimen. Cuando ladran de más se les castiga.
La decapitación no supone la revolución. El sistema mexicano, valga la expresión, funciona con disfuncionalidades. Para que haya luz tiene que haber diablitos, para que haya gasolina tiene que haber ordeña, para que haya comercio tiene que haber ambulantes, para que haya votantes en elecciones tiene que haber coacción y compra de sufragio, para que haya educación tiene que haber corrupción.
De esas desproporciones está hecho el sistema político mexicano. El debate por la reforma educativa pasa por las rejas de Santa Martha Acatitla. Lo que debe ser una discusión académica termina en un alegato sobre el debido proceso.
El futuro de la educación parece depender de una averiguación previa y no de un amplio debate de todos los protagonistas del proceso: padres, alumnos, funcionarios, maestros, administrativos, académicos y miembros de la comunidad.
La decapitación sí supone, en todo caso, el inicio del desmontaje de un cacicazgo de cuarto de siglo, cuatro sexenios, millones de niños afectados, y un demostrable anquilosamiento de los niveles de educación en el país.
La era de Elba Esther puso en el suelo el prestigio de los maestros, envileció su función y prohijó contrapartes lumpenizadas que, bajo el manto de la radicalidad y la oposición, caminaron por la misma ruta de la cacique. Elba y la CNTE horadaron en un mismo propósito: profundizar la ignorancia. Tomaron al sistema educativo como rehén, extorsionaron para su liberación y cobraron dividendos sin importarles el fracaso y el estancamiento. Evidentemente tuvieron cómplices y protectores en presidentes, secretarios de Estado y gobernadores.
Los maestros de escuelas públicas han pagado muy caro las trapacerías de su dirigente. Gordillo pulverizó el concepto del maestro como líder social y guía de la comunidad. Los maestros han sido denostados, rechazados, disminuidos e igualmente estigmatizados. Los maestros, que no los burócratas del sindicato, los que día a día comparecen ante el aula, hacen malabares y maravillas para transmitir algo de conocimiento y de compromiso a los educandos.
Esos maestros quedaron encasillados en el dilema de servir a la sociedad o humillarse ante la cacique y sus personeros. Ellos no podían pensar en el capricho de comprarse un BMW sino en resolver la clase del día siguiente, responder ante alumnos que llegan a los salones sin desayunar o golpeados por sus padres; en imaginar alternativas para hacer menos riesgosas las clases en aulas con pupitres desvencijados o muros a punto del derrumbe.
Con la detención de la lideresa Gordillo puede abrirse para los maestros, los de a pie, los de a de veras, una oportunidad de amplia libertad de expresión y de su manera de decidir el rumbo de la educación desde las aulas. Eso pasa, desde luego, por el aireamiento de su sindicato, por la revisión de sus condiciones contractuales, por la modificación de incentivos respecto a su desempeño atados irrestrictamente al rendimiento educativo.
Pero lo central es que el maestro se convierta en un sujeto libre y creativo, incorporado a las nuevas dinámicas de la cultura y la pedagogía; que recupere la dignidad, el trato respetuoso de la comunidad y se erija en el eje del cambio educativo como un concertador de voluntades con padres, directivos y alumnos.
tolvanera06@yahoo.com.mx
|