La búsqueda del “momento decisivo” se convirtió en una obsesión para Cartier-Bresson, continuamente empeñado en atrapar la fugacidad del instante. Pero en fotografía no solo importa lo efímero. También la templanza, el sosiego y una actitud contemplativa sin pretensiones, atributos necesarios para captar los fragmentos de realidad registrados por una de las artistas mexicanas más destacadas de la escena contemporánea actual: Graciela Iturbide.

“Graciela Iturbide. Fotografías” es una exposición retrospectiva realizada por el Centro de arte de Alcobendas disponible hasta el próximo 25 de agosto y enmarcada dentro de PHotoESPAÑA. Además, es un reconocimiento a más de cinco décadas de un extenso trabajo que ha ganado el V Premio Internacional de Fotografía otorgado por esa institución. Alrededor de 70 obras sirven de ventana hacia la realidad de los pueblos indígenas de México, pero también la de países como Estados Unidos, la India o incluso España.

“Tenemos esta costumbre de marginar un poco a las comunidades diferentes, lo cual me parece ridículo. A mí me encantan”, explica Iturbide, de 76 años, a eldiario.es. Sin mostrar síntomas de agotamiento tras varias entrevistas, y aunque su método de expresión preferido no son las palabras, sino las imágenes (sobre todo en analógico y en blanco y negro), la artista aprovecha la ocasión para comentar la vida que conoció utilizando su oficio como pretexto. 

“En México existen comunidades indígenas que son muy lindas y que desafortunadamente son minoritarias. Y aunque la gente los vea como algo folclórico, en realidad nos tienen que enseñar mucho”, señala la fotógrafa responsable de series como Juchitán, concebido como uno de sus proyectos más ambiciosos. Durante diez años, Iturbide se dedicó a retratar la vida del pueblo zapoteco en Juchitán (Oaxaca), donde la mujer adquiere un rol protagonista para el desarrollo de la región. Algunos hablan de matriarcado, pero estudios sobre esa cultura deconstruyen un discurso erróneo a menudo elaborado por observadores y viajeros.

“Nuestra Señora de las Iguanas”. Juchitán, México. 1979. Graciela Iturbide. Centro de Arte de Alcobendas | Galería Rafael Ortiz, Sevilla vía ElDiario.es

Fue allí donde realizó una de sus instantáneas más míticas, “Nuestra Señora de las Iguanas”, ahora convertida en símbolo pop y productos de merchandising. Es el retrato de una mujer que, como muchas marchantas, sostenía la mercancía sobre la cabeza. La diferencia es que en esa ocasión la mercancía era algo atípica: llevaba iguanas. Una historia que Iturbide ya ha contado en numerosas ocasiones y por la que ya muestra síntomas de agotamiento. ¿Es entonces negativo que una imagen acabe definiendo a un artista? La fotógrafa mexicana, con la humildad que le caracteriza, responde que “las fotos viajan, vuelan, y yo sigo fotografiando para encontrar la sorpresa en otros momentos”.

Pero Graciela Iturbide no pone el foco en estereotipos “exóticos”. La fotógrafa va más allá, se integra en las comunidades a base de humildad y empatía, y reemplaza la curiosidad del turista por las ganas de descubrir otras formas de vida. “Me encanta vivir con ellos porque poco a poco vas teniendo más complicidad y eso hace más fácil el trabajo. Sobre todo, lo más importante, es tener su amistad y aprender de ellos”, considera. Para ella no son sujetos, son personas con nombre y apellidos, con ambiciones, con hijos y parejas, que terminan abriéndole las puertas de sus casas.

Por todo esto y por más, resumir la trayectoria de Iturbide se convierte en un reto difícil de afrontar. José María Díaz-Maroto, comisario de la muestra junto a Belén Poole Quintana, apunta que esta es una “dificultad agradable”, y que han querido mostrar sus obras más allá de Latinoamérica. “Es verdad que quedará como la fotógrafa mexicana actual más importante, pero también tiene trabajos en la India, en España, en Italia y en Estados Unidos en los que vuelve a aparecer ese estilo tan característico, tan educado, tan concreto y tan mágico como es el de Graciela”, asegura.

Como explica el comisario, Iturbide llegó por primera vez a España en el año 1991 gracias a un proyecto llamado Imagina, cuyo objetivo era llevar a Almería fotógrafos de la talla de William Kleint, Cartier-Bresson y, por supuesto, la propia artista mexicana. Una vez allí, según Díaz-Maroto, “se enamoró de ese mundo de flamencos y gitanos, e incluso llega a tener buena relación con algunas familias”. Y, como no podía ser de otra forma, dejó constancia de ello a través de imágenes igualmente presentes en la exposición de Alcobendas.

DE IZQUIERDAS Y ATEA, LA “OVEJA DESCARRIADA” DE LA FAMILIA 

“Nací en una familia muy conservadora, muy católica, y nunca me dejaron ir a la universidad”, cuenta Iturbide. Ella resultó ser todo lo contrario: de izquierdas y atea (aunque sí supersticiosa). “Ayudó a los zapatistas, e incluso se acercó al subcomandante Marcos en algunos de sus trabajos”, señala José María Díaz-Maroto.

A pesar de ello, la artista aclara que “no es que haya pertenecido al partido”, sino que ayudó a “esconder ciertas cosas en su casa” o que incluso acompañó “a los guerrilleros a Puebla”. En aquel momento no percibía el peligro, pero ahora lo ve como “algo un poco absurdo. Básicamente porque me podrían haber matado”.

“Autorretrato con los indios seris”. Desierto de Sonora, México. 1979. Graciela Iturbide. Centro de Arte de Alcobendas. Cortesía de Natalia Cassinelli vía ElDiario.es

Tampoco puede entenderse la obra de Iturbide sin mencionar a quien fue su maestro y amigo: Manuel Álvarez Bravo, uno de los mayores representantes de la fotografía latinoamericana del siglo XX. La artista no escatima en el uso de halagos para agradecer lo mucho que le ayudó. “Me enseñó tantas cosas, no solo de fotografía, sino a tener una vida diferente a la que yo había tenido con mi familia. Una vida de soledad donde hay tiempo, donde hay que leer, donde hay que escuchar música…”, resalta sin reprimir la emoción.

“A Álvarez Bravo le debe el amor por la fotografía, el entendimiento, la valoración del tiempo, de no tener prisa”, asegura el comisario sobre la capacidad contemplativa de la galardonada. Sus obras exploran el terreno del reportaje y pueden llegar a despertar cierta conciencia, pero Iturbide no tiene un objetivo moralizador. “Mi fotografía cotidiana no tiene que ver con la denuncia, simplemente es ver la gente y qué es lo que está pasando”, manifiesta la artista.

Las pretensiones de Iturbide son simples, pero no por ello menos potentes. De hecho, gran parte de sus imágenes están centradas en las mujeres y sus hábitos dentro de las comunidades a las que pertenecen. Pero no lo hace por llamar la atención sobre algo en concreto. La explicación, como ella misma defiende, es más sencilla: “Cuando voy a las comunidades suelo vivir con ellas y por eso estoy todo el tiempo fotografiando lo que hacen”.

Recorrer cada cuadro es, a su vez, un ejercicio de indagación antropológica. Su evolución a lo largo de los años, según Díaz-Maroto, no se aprecia tanto desde la técnica como del significado, cada vez más relacionado con otros parámetros. “Ha ido un poco de lo humano a lo grandioso y a la no presencia”, afirma el comisario. Este cambio, al igual que sus fotos, no se produce por una razón concreta. Es, ante todo, lo que le apetece y le llama la atención. “Ahora estoy tratando de fotografiar paisajes, objetos, edificios, construcciones…. Cuando encuentro algo que me parece curioso no puedo evitar meterme allí”, confiesa la mexicana. Una curiosidad que, ya sea para inmortalizar a indígenas o gitanos de Almería, permanece incombustible.

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