En los últimos años, la palabra “latinx” ha estado apareciendo en universidades en Estados Unidos, sobre todo entre los jóvenes y quienes no se identifican con un solo género. La cruzada tiene el propósito de convertirla en el término predeterminado para esta minoría. También han surgido palabras similares como “chicanx”.

Aunque esta es una iniciativa loable, es probable que la estructura de la palabra presagie un mal futuro. Quizá por eso es que el Oxford English Dictionary y el Merriam-Webster no han incluido el neologismo, cuyos orígenes precisos no son claros. Sin embargo, ha sido adoptado por algunos medios, sobre todo en el mundo del arte. Artnews, por ejemplo, hace poco describió un proyecto de arte que abarcaba toda la ciudad en Los Ángeles con este encabezado: “Pacific Standard Time: LA/LA pone al arte latinoamericano y a lxs latinxs en el centro de la historia del arte”.

No es necesario decir que nosotros, los latinos —como prefiero decir yo— hemos explorado este tema antes. Bastantes veces. Un vistazo a las últimas tres décadas demuestra la naturaleza efímera de los términos utilizados para describir a esta minoría. ¿Por qué es tan difícil definirla? En parte, porque es increíblemente diversa. Durante la era de la lucha por los Derechos Civiles, la minoría aún se estaba conformando. La gente hablaba de los mexicanos, puertorriqueños y cubanos. Un gran número de mexicanos se habían vuelto parte de Estados Unidos después de la guerra mexicano-estadounidense entre 1846 y 1848. La conclusión se selló con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, que de hecho vendió dos tercios del territorio mexicano, lo que actualmente se conoce como el suroeste, a Estados Unidos. Y otros mexicanos habían llegado como parte del programa Bracero. Para cuando llegó la década de 1960, los mexicanos politizados se referían a sí mismos como “chicanos”.

Puerto Rico se anexó con la ley Jones de 1917. La firmó el presidente Woodrow Wilson y le otorgó la ciudadanía estadounidense a la población de la isla. Décadas más tarde, una gran migración al territorio continental dio como resultado la división de culturas: de un lado, estaban los isleños; del otro, los habitantes del territorio principal. Estos últimos se quedaron sobre todo en Nueva York, lo cual dio origen a la palabra “nuyorrican”. Y después estuvieron los cubanos, quienes buscaron exilio en masa desde fines de la década de 1950, después de que Fidel Castro y sus guerrilleros entraron a La Habana, con lo que inició el camino hacia el comunismo.

Cada uno de estos tres grupos nacionales se consideraba autosuficiente. Siempre que alguien hablaba acerca de sus similitudes, utilizaban términos como latinos, hispanos, hispanohablantes, lo cual significaba que su lengua era lo que los hacía parte de una unidad según los demás. Ha sido el rápido crecimiento demográfico, así como el reconocimiento de que la unión hace la fuerza lo que estuvo tras la iniciativa de considerar que los hispanos son la suma de sus partes.

El término hispano prevaleció en la década de 1980. Pero el hecho de que una década antes había sido promovido por la administración de Nixon en documentos gubernamentales automáticamente lo volvió sospechoso dentro de la comunidad. Dicho de manera simple: se percibió como una imposición del exterior. Pero lo que terminó por hacerlo a un lado fue su conexión con Hispania, que es como se conocía a España durante el Imperio romano. En realidad, cualquier vínculo con España parecía dudoso.

La alternativa era latino. Estableció una conexión con la tierra de origen, Latinoamérica. Pero también tenía problemas. Uno era que el término Latinoamérica no se usó sino hasta mediados del siglo XIX, después de que las guerras de independencia se habían acabado en gran parte de las excolonias españolas. La pregunta era cómo referirse a todas esas nuevas repúblicas. Una variedad de opciones surgieron; las más prominentes de ellas fueron Hispanoamérica hispana y Lusoamérica (por el portugués), apoyadas por el intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña.

Al final, Henríquez Ureña perdió la batalla. La palabra que llegó para quedarse, latino, vio la región a través de la óptica del Estado de derecho, específicamente, el código romano. Obviamente, ese también era territorio lleno de implicaciones. Latinoamérica como tal no existe. Por lo menos no oficialmente: no tiene una bandera ni una moneda ni un himno. Es en cualquier caso una asociación política. El nombre sirve para entender la manera en que lenguaje es usado para establecer asociaciones cuyo valor es temporal.

“Las palabras que utilizamos a diario están impregnadas de ideología. Pero la lengua también es darwiniana, lo cual significa que es el resultado de la evolución”.

Antes de que llegara latinx, estaba “latin@”. Era una manera de evitar el binarismo de género. Pero nadie sabía cómo decirlo. E implícitamente contenía la “a” y la “o”. Lo peor es que, en la mente de las personas, la arroba (cuya pronunciación en inglés también se refiere a la preposición at) era una referencia a un lugar, lo cual provocaba confusión.

En fin, ahora tenemos latinx. Podría ser una voz generacional, pero desde una perspectiva lingüística, a mí el término me parece una aberración. Los motivos por los que no durará son duales. En primer lugar, suena menos como una palabra y más como una marca comercial. En segundo lugar, se construye como negación de hispano y latino, aunque es difícil saber qué es en realidad y cómo decirlo.

En Estados Unidos, he escuchado latinx pronunciado como “latins”, “latinks” y “latinex”. Esto se debe a que en español no hay palabras que terminen en una consonante seguida de una x. Por otro lado, en Latinoamérica, adonde he estado viajando durante los últimos cuatro años, no he escuchado que la utilicen ni siquiera una vez. No me sorprende. Aunque la tradicionalmente estricta Real Academia Española en Madrid ha mostrado signos de flexibilidad al definir matrimonio como una unión entre personas del mismo sexo, la palabra hispano sigue siendo intrínsecamente misógina en cuanto a que para gusto de muchos se limita, inevitablemente, a los hombres y excluye a las mujeres. El español, una lengua romance, está definido por el género y sus sustantivos son o femeninos o masculinos.

En una entrevista, la activista queer Alba Onofrio se rebeló en contra de esta estructura, y explicó que tener una “x” es una manera de reconocer lo politizada que es una lengua. “No voy a tomar parte en sus ‘o’ o ‘a’; no pueden obligarme a decidir”. Onofrio está en lo correcto: las palabras que utilizamos a diario están impregnadas de ideología. Pero la lengua también es darwiniana, lo cual significa que es el resultado de la evolución.

El tiempo dirá si latinx tiene un agarre genuino o es otro ejemplo de los despropósitos del activismo universitario. La discusión sobre su existencia es la prueba de lo difícil que es definir a esta comunidad multifacética.

 
Read 41 times Last modified on Monday, 27 November 2017 11:34
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