Una novela que no es una novela. En la solapa de El nervio óptico dice que es la primera novela de María Gainza (Buenos Aires, 1975). Pero no sé si este libro es una novela. Hay capítulos que podrían funcionar como cuentos, pero que dibujan un mismo personaje: una experta en arte. La vemos en diferentes momentos: embarazada, en la sala de espera del médico, visitando a su hermano mayor en San Francisco, pero sobre todo yendo a museos. También habla de muchas cosas: de amistad, de sus padres, de su hija, de su marido, de enfermedades, pero sobre todo de arte. Más que de arte habla de cuadros y de pintores. De Géricault –el autor de La balsa de la Medusa– a Rothko, pasando por el rosarino Augusto Schiavoni, Henri Rousseau, Cándido López, Toulouse-Lautrec, Alfred de Dreux, el japonés Tsuguharu Fouijita o El Greco, todos caben en las páginas de este libro. Como ha escrito Patricio Pron, “no es una autoficción, o lo es sin que importe cuál es su relación con la verdad, que el libro no tematiza. Podría ser leído como uno de esos libros en los que se apela a las potencias salvíficas del arte, pero es demasiado sofisticado (y su autora excesivamente inteligente) para eso”.

El arte y la vida. El mecanismo que utiliza Gainza para introducir los cuadros o la vida de los pintores en el relato suele ser el mismo: la narradora y protagonista ve un cuadro y lo hila de manera hábil (a veces aleatoria) con su vida. Pongo dos ejemplos: el primer relato/capítulo/ensayo está dedicado Caza de ciervo, de Alfred de Dreux, que posó como modelo para Géricault. Durante una visita turística guiada, después de un duelo con la dueña de la casa (“Me miró. La miré. Sin duda ella era mejor que yo en el jueguito de sostener la mirada”), la anfitriona descubre que la narradora no conoce uno de los cuadros que cuelgan de la pared (“Miré a mi anfitriona un instante; no fue más que un microsegundo, pero mis ojos estaban condenado a no engañar a nadie”). Cinco años después ve el cuadro del ciervo. Cuenta la historia del pintor, describe el cuadro (“aunque la descripción de cuadros sea siempre un incordio”), explica el origen de la expresión “síndrome de Stendhal”, y cuando parece que ya está, empieza a contar lo que parece una anécdota anodina y termina en tragedia absurda. Una lámina de Rothko en la sala de espera del médico le sirve para contar la enfermedad de su marido. La vida de Cándido López se alterna con la historia de un amigo de su marido, que se volvió loco y que llama de madrugada. La pasión por Herbert Robert es “lo único que cada tanto las arrima” a la narradora y a su madre en “El encanto de las ruinas”, una pieza maravillosa sobre la madre de la narradora, que fue rica la primera mitad de su vida y que le reprocha a su hija las lecturas. O compagina las andanzas de Fouijita con el relato de una amistad que fue (“mi amiga estrella, de la que he perdido todo rastro”) en “El buen retiro”. (Esta pieza, por cierto, que es nostálgica y emocionante, me hizo pensar en “Amiga”, del nuevo disco de Tulsa, Centauros, también cuenta el distanciamiento entre dos amigas.)

Imágenes y palabras. El nervio óptico es un libro raro, no solo porque resulta difícil etiquetarlo, también por infrecuente. Está lleno de erudición, pero no suena como tal. Es en parte un libro sobre arte, pero no solo. La habilidad de Gainza para pasar del arte a la vida es envidiable. También es admirable su talento para las metáforas, las comparaciones y las nuevas acuñaciones (“el momento ahá”, el coche es una “salita privada de pensar”), que también ha destacado Pron. Arte y vida aparecen como un todo fluido, porque en parte es así como sucede en la vida: lo que nos emociona nos emociona porque nos interpela y las razones son, a veces, arbitrarias. La maestría de Gainza es que sabe transmitir eso sin que quede impostado o forzado y que, además, el relato resulta emocionante.

 
Read 279 times Last modified on Tuesday, 23 January 2018 10:30
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