Según el libro sagrado de los mayas Popol Vuh, el hombre fue creado a partir del maíz. “De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados…”. La milpa, el elote, el olote o la mazorca –existen tantos nombres para este cereal como estadios por los que pasa, desde el maizal hasta el grano duro– no es solo el alimento base de la dieta mexicana, sino un producto divino para los pueblos originarios y la columna vertebral de sus sociedades. Esto es lo que el etnólogo y cineasta Alberto Cortés (Ciudad de México, 1952) quiso plasmar en su último documental El maíz en tiempos de guerra (2016), que se estrena este viernes en diversos cines de la capital mexicana.

A partir de los testimonios de cuatro familias indígenas: dos tzeltales (Estado de Chiapas), una ayuujk o mixe (Oaxaca) y una wixárika o huichol (Jalisco), Cortés elabora un recorrido por las distintas fases de siembra, crecimiento, cuidado y utilización del cereal. La milpa (del náhuatl, terreno dedicado al cultivo del maíz y a veces de otras semillas, según la RAE) se suele plantar junto con calabazas y frijoles, y alrededor acostumbran a nacer unos pequeños tomates verdes, utilizados para elaborar una salsa, y el quelite, una hierba silvestre que sirve de relleno para las tortillas de huevo. La manera en que crece la milpa representa para el director de la cinta una propuesta de vida: “Muestra una forma muy comunitaria de convivir. Les enseñó a todos estos pueblos a vivir en comunidad". "Sin el maíz", dice, “no habría ocurrido el movimiento de resistencia zapatista. Les dio la seguridad de la supervivencia, para a partir de ahí crear algo”.

El documental es también una crítica a la discriminación racial imperante en México: “Deberíamos quitarnos la venda del racismo, dejar de verlos como retrasados”, desaprueba Cortés con firmeza. El maíz en tiempos de guerra refleja cómo las comunidades indígenas viven con escasos recursos, pero “es una pobreza que no está relacionada con la miseria”, en palabras del director. El cereal es su sustento, su rutina, el centro de sus tradiciones y fiestas y, en definitiva, donde radica su riqueza. “Defender el maíz, es defender México”, argumenta uno de los protagonistas en esta loa al pilar de las comunidades nativas.

Una porción de pozol –bebida hecha con maíz– al día significa para ellos la supervivencia. Para lograrlo son varias las batallas que han tenido que pelear: la del crimen organizado, la de los empresarios, la del Gobierno y la de las variedades transgénicas. La recuperación del territorio ha sido la principal pugna de las organizaciones indigenistas, tras la ocupación del campo que tradicionalmente detentaban por explotaciones ganaderas, el desarrollo turístico o el cultivo de la amapola, de la que se extrae el opio, principalmente. En cuanto a la cuarta lucha, son muchos en el documental los que aseguran que el maíz importado –principalmente de EE UU, donde sí se permite la producción de este cereal genéticamente modificado, en contra de lo que establece la legislación mexicana–, “no llena”, “la tortilla sabe diferente”...

El emblema, en números

Son las semillas de sus antepasados y les han ayudado a defender su territorio. Pero más allá del símbolo, las cifras de la importancia del maíz en México merecen un capítulo aparte: hay registradas casi 60 variedades; es el primer consumidor del mundo (332 kilos por persona en 2016, última fecha para la que hay datos oficiales) y el séptimo productor (la primera posición la ocupa su vecino del norte, Estados Unidos, que generó 15 veces más toneladas ese año).

“Ojalá quedara como documento histórico”, expresa el director del documental sobre sus expectativas. “Solo quería hablar de todo lo que podría perder, si se abandona el maíz”. La obra de Cortés participó el año pasado en la 32ª edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara, evento donde el cineasta vio “reacciones muy positivas”. “Los indígenas son parte de nuestra historia, pero no de nuestro México”, critica de nuevo el racismo existente en el país norteamericano. Por ello, recuerda, en la creación del Congreso Nacional Indígena, donde se nombró portavoz a la que hoy es precandidata presidencial Marichuy Patricio, el lema fue: “Nunca más un México sin nosotros”. En definitiva, insiste el cineasta: “Hacer milpa es un acto de resistencia política”.

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