Saturday, 22 February 2020 00:00

El lenguaje literario representa la belleza de Centroamérica

Written by  Miguel Huezo Mixco/El País
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Foto: Tomada de Internet Foto: Tomada de Internet

Nadie que venga a estas tierras puede escapar a la seducción o al espanto de nuestros volcanes. Ellos han dominado la representación de Centroamérica como un lugar donde no faltan alzamientos y erupciones. Arrojado entre dos mares, el istmo centroamericano es uno de los sitios más hermosos del mundo, en donde nace un irrefrenable deseo de volar, lejos. 

Hace poco menos de dos siglos fue una federación de cinco países —Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica—, un poco más grande en extensión que España. Veinte años de guerras intestinas terminaron descuartizándola. No debió ser fácil reunir tanta torpeza y tanto rencor. En lo sucesivo, ser centro­americano se convirtió en una manera peculiar de ser y no ser.
Nuestra historia es un largo río que arrastramos como una sábana sucia. Así lo han cantado nuestros poetas. Ellos son nuestros verdaderos próceres, y sus cabezas debieran ser esculpidas en la cima de los volcanes para que sean admirados y recordados por siempre jamás.

La literatura es un camino sembrado de malentendidos. Hace algún tiempo, en el curso de una plática de tragos, un buen amigo extranjero, gran conocedor de la historia de la región, me dijo que lo más atractivo de Centroamérica son su destino trágico y sus ruinas. Después de escuchar mis alegatos a favor de nuestras letras, terminó concediendo que en esta región existen tres o cuatro obras maestras. Desafortunadamente, nadie sabe cuáles son.

Rondas más tarde nació una lista: Los raros, de Rubén Darío; El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; Sobre el ángel y el hombre, de Claudia Lars; El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lión; a la que se agregaron, entre exclamaciones, La insurrección solitaria, de Martínez Rivas; El hombre que parecía un caballo, de Arévalo Martínez; La ruta de su evasión, de Yolanda Oreamuno… Ser “nadie” fuera de su parcela es la leyenda que envuelve a casi todos.

Desde hace varios años vengo participando en mesas sobre literatura centroamericana, en universidades y ferias del libro, que a menudo desembocan en torneos de lamentos sobre el desconocimiento que impera, dentro y fuera de nuestras fronteras, sobre la literatura del istmo. Sí. No hay duda de que en el mundo hay injusticia. Nadie se escapa. Tarde o temprano, dijo un displicente y descarnado Borges, “todos caminamos hacia el anonimato”. Luego añadió: “Solo los mediocres llegan un poco antes”.

La buena literatura, digámoslo, es poco menos que un milagro. Escribir novelas, cuentos y poemas es un trabajo de chiflados. Es así en la China y en los “shithole countries”, como nos llaman en la Casa Blanca. Además de un pésimo negocio. Casi nadie, en el mundo, vive de eso. Como cualquier súbdito del mercado, vendemos nuestra fuerza de trabajo en actividades tales como la docencia, el periodismo, las comunicaciones y la publicidad para llevar el pan a nuestra mesa. Son las reglas. Las aceptamos o salimos del juego. Todo ese rollo del desconocimiento y la incomprensión solo mueve a risa.

La literatura es una actividad ardua y no particularmente placentera. Centroamérica es un espinoso y hermoso lugar. Con todo, la zona geográfica o el país desde donde se escribe es lo menos importante. Algunas de las mejores obras centroamericanas se han escrito, o se están escribiendo, lejos de estos límites. Otras, especialmente en poesía, ni siquiera en español. A fin de cuentas, uno escribe desde una mesa de trabajo ubicada en un barrio y en una calle en particular.

Felizmente, la literatura centroamericana de nuestros días y nuestras noches vive un buen momento. No se mide por el volumen de los ingresos que perciben los autores, ni por el número de menciones que registra Google Alert, sino por sus personajes —transgresores, perversos, viciosos, propios de países de mierda—. Migrantes alucinados que malviven atascados en sus recuerdos. Indígenas atrapados en la pesadilla del progreso. Héroes de guerra que piden limosna en las bocacalles. Homosexuales, lesbianas y travestis que derriban fronteras sexuales. Fríos fantasmas que regresan a agonizar en cuartos de baño. Mujeres desesperadas dispuestas a cortar en trozos a su propia madre. Entre las ruinas de cien guerras, a la sombra de los volcanes, se forman remolinos que arrastran ceniza de caña, residuos biosanitarios y latas de cerveza.

Fue Borges también quien dijo que dar con la voz de un personaje no es solo un logro técnico. Equivale a descubrir un destino.

En estos shithole countries estamos dispuestos a correr todos los riesgos y a experimentar todas las zozobras para dar con ese lenguaje literario que posea la espontaneidad y el brillo de nuestro deslumbrante lenguaje oral. Un lenguaje que le dé forma, sustancia e impulso a obras híbridas, periféricas que quizá no encontrarán espacio en una industria editorial diseñada para convertir hasta las disidencias más provocadoras en marcas comerciales.

 

Miguel Huezo Mixco (El Salvador) es escritor. Su publicación más reciente es ‘Días del Olimpo’ (Alfaguara, 2019).

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