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En México y todo el mundo (principalmente en los países con gobiernos emanados de movimientos sociales o progresistas), los grupos conservadores han encontrado en la desinformación y la polarización el recurso más efectivo para debilitar el respaldo popular en cualquier acción de gobierno y, sobre todo, para generar climas de incertidumbre y miedo suficientes para impulsar su reconquista de los espacios de poder.

Los resultados de las elecciones intermedias de 2021, dentro de sus numerosos puntos de análisis, reflejaron el impacto de las campañas de odio y desinformación, principalmente en sectores de clase media y media-alta que, siendo los principales consumidores de contenidos digitales, se movilizaron y lejos de actuar con apatía y desinterés, dejaron de lado el abstencionismo (históricamente común en este sector de la población) y salieron a las urnas a impulsar, mediante el voto del miedo, cualquier opción que pudiera hacer frente a las y los temidos candidatos de Morena.

Toda noticia del escenario político y público, toda acción de gobierno, toda declaración del Presidente Andrés Manuel López Obrador, de alguno de sus secretarios de Estado, incluso, todas aquellas declaraciones y acciones generadas por sus adversarios y opositores, se convierten automáticamente en elementos para alimentar una arena de lucha permanente.

Asumimos idealmente que los temas públicos son irrenunciablemente elementos que deben someterse al escrutinio y el análisis, porque de esta forma se ayuda a la construcción y fortalecimiento de las democracias a partir del diálogo, el debate y el intercambio de ideas.

El disenso es fundamental para el enriquecimiento de las políticas públicas, la figura del gobernante todo poderoso, omnipotente, omnipresente y sabio, resulta insostenible ante la naturaleza humana y social.

Sin embargo, en nuestro país, no existe un debate público real y efectivo, ni condiciones suficientes para enriquecer, a partir del análisis profundo, la discusión y la argumentación, las acciones que encaminen a la construcción de un mejor país.

La desinformación y la polarización han incapacitado a la sociedad mexicana al debate; en contraste con los grandes alcances de la era digital, vivimos más conectados, pero menos informados.

La ciudadanía envía y recibe mayoritariamente opiniones y emociones. Muy pocas veces recibe información y datos. Se forma un criterio a partir del punto de vista de terceros, ríe y se enoja, y comparte las mismas emociones que recibe, pero exacerbadas por sus propios pensamientos.

Los medios de comunicación en su mayoría brindan la materia prima para la desinformación, con notas de poca profundidad, sesgadas o confusas, con titulares sensacionalistas o editorializados y, sobre todo, a partir de columnas de opinión en donde los intereses de sus autores influyen en la reconstrucción de realidades a modo. 

La ciudadanía está sectorizada e inmersa en una dinámica de permanente disputa en donde todo aquello que favorece a su «bando» es útil y es usado inmediatamente como recurso de confirmación, sin importar su fuente o veracidad. Y todo aquello favorable a «los contrarios» es inmediatamente desechado o descalificado.

La opinión pública que se transmite de boca en boca, la más efectiva,  ha sido conquistada por los memes, los videos sensacionalistas y descontextualizados. Se confunde una vez más la emoción y la opinión, con la información.

Para esto no hay revolución que esté preparada, toca empezar de cero a crear las condiciones suficientes para una alfabetización mediática efectiva. Es necesario formar una ciudadanía analítica y reflexiva, no militante.

Hasta la próxima.

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