La noche del 17 de junio de 1972, en la sexta planta del edificio de oficinas Watergate, en Washington, la policía arrestó a cinco a personas que habían irrumpido en las oficinas del Comité Nacional Demócrata, detonando un escándalo que costaría la presidencia a Richard Nixon. Este viernes, enfrente del mismo complejo de edificios, atravesando un cruce de carreteras tan desiertas ahora como las del resto de la capital, una veintena de personas se congregaba ante la verja del comedor social Miriam’s Kitchen. Un temprano símbolo, como tantos que se repiten desde hace dos semanas por todo el país, de los colosales problemas a los que se enfrenta otro presidente republicano 48 años después.

Miriam’s Kitchen lleva cuatro décadas sirviendo comidas a los sin techo de la ciudad. Los comensales apoyan las cajas blancas de poliespán con su comida en el muro de piedra de la colindante iglesia presbiteriana, como una barra de un bar imposible. Algunos llevan bolsas o carritos con sus escasas pertenencias. Otros, como Andy, que prefiere no dar su apellido, pelo blanco, camisa azul, tienen un techo bajo el que volver, pero ya no tienen un trabajo con el que pagarse la comida. “Hasta la semana pasada era yo el que servía cenas”, explica. “Trabajaba en un restaurante, pero cerró, como todos. Ahora solo sirven comida para llevar y se bastan con los dos dueños y dos trabajadores más”, explica.

“Hay 12 millones de personas que trabajaban en restaurantes en este país, y la mayoría están cerrados o solo sirven comida para llevar. Con que solo la mitad se queden en la calle, son seis millones de parados. El nivel de deterioro es tremendo. La producción también sufre. La construcción, las ventas de coches. Grandes partes del Producto Interior Bruto que esencialmente se colocan a cero de actividad. Es muy diferente a todas las crisis anteriores. No es un declive orgánico. Es un apagón coordinado”, explica Andrew Hollenhorst, director del equipo de investigación económica de Estados Unidos de Citigroup.

Entre las dos últimas semanas de marzo, casi diez millones de personas, un 6% de los trabajadores del país, solicitaron el subsidio de desempleo. Los cálculos más solventes pronostican que llegará a un 15% en los próximos meses. En febrero, la tasa de paro era del 3,5%, la menor en 50 años.

Estados Unidos nunca ha experimentado un frenazo como el provocado por el coronavirus. Es el país con más casos de Covid-19 confirmados (276.000 el sábado por la tarde) y la cifra de fallecidos, que se ha multiplicado por seis en la última semana, supera los 7.100. La proyección más optimista de la Casa Blanca es que el virus se cobrará entre 100.000 y 240.000 vidas estadounidenses. Y eso, siempre que se respeten las órdenes de confinamiento, a las que está sujeto ya el 90% de los ciudadanos. Goldman Sachs calcula que las medidas de distanciamiento social, necesarias para frenar la propagación del virus, provocarán una contracción del 34% en el PIB en el segundo trimestre respecto al trimestre anterior, en términos anualizados.

Esto sucede en un país subido a un ciclo expansivo extraordinariamente largo. La economía de Estados Unidos llevaba 10 años creciendo ininterrumpidamente, desde que dejó atrás la Gran Recesión. Y, de repente, un frenazo en seco. “La crisis financiera global tardó más en afectar a la economía, y lo hizo de una manera similar a las recesiones y ciclos pasados”, explica Daniel Bachman, analista económico para Estados Unidos de Deloitte. “Mucho de ello era conocido para los estudiosos de la historia financiera. Esta recesión es diferente: el problema no se ha originado en el sistema financiero, ni siquiera en algún sector como la energía. Eso hace que la velocidad de transmisión y la magnitud del impacto sean únicos”.

La magnitud y la velocidad del impacto suponen un auténtico desafío para un país con una red de protección social extremadamente frágil. En medio de la pandemia, muchos de los que pierden el empleo se quedan también sin el seguro médico que les pagaba su empleador. Tienen tres opciones: pagar cerca de 20.000 dólares al año para mantener su seguro, desembolsar la mitad en franquicias solicitando la cobertura del conocido como Obamacare, o unirse a los cerca de 30 millones de ciudadanos que no tienen seguro médico. Uno de cada 10 estadounidenses demora o evita la visita al médico, aún teniendo síntomas, por motivos económicos. Un dato preocupante en medio de una pandemia provocada por un virus que trasmiten pacientes con escasa o nula sintomatología

El Congreso ha lanzado un primer paquete de ayudas por valor de 2,2 billones de dólares, el mayor rescate económico de la historia. El plan incluye el envío masivo de cheques a los ciudadanos, una línea de préstamos para pequeñas y medianas empresas y un fondo para industrias, ciudades y Estados. Contribuirá sin duda a compensar algunas de las carencias estructurales de protección social. Pero algunos críticos, como los economistas de Berkeley Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, lo consideran insuficiente y, en parte, equivocado. Al contrario que otros países, apuntaban los autores en un artículo en The New York Times, Washington ha optado por ayudar a los desempleados en vez de proteger el empleo. En lugar de ayudar a las empresas a pagar los salarios, los trabajadores son despedidos, empujados al proceso burocrático de solicitar prestaciones y condenados a esperar en sus casas a que la economía se reactive.

Como suele suceder en estos casos, el impacto del frenazo será mayor para los más desfavorecidos, contribuyendo a agudizar una desigualdad económica que se ha disparado en las últimas décadas. El 23% de los trabajadores estadounidenses asegura que ellos o algún miembro de sus familias han sido despedidos tras el brote del coronavirus, según una encuesta de Associated Press. El porcentaje sube al 33% entre los hogares con ingresos inferiores a 50.000 dólares al año.

Luego están los que no han podido parar. Aquellos para los que respetar las directrices de distanciamiento social es un lujo fuera de su alcance. Según un análisis de datos de geolocalización de teléfonos móviles realizado por el Times, dentro de las mismas áreas metropolitanas, los hogares más ricos han limitado mucho más sus movimientos que los hogares más pobres.

“Nuestra comunidad latina sigue trabajando en la alimentación, en la sanidad, en la construcción”, explica Sindy Benavides, directora de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC), la mayor y más antigua organización de hispanos del país. “El país debe reflexionar sobre quién hace esos trabajos esenciales para que un día podamos salir todos de nuevo. Son los que siguen en la calle, y en muchos casos sin cobertura médica. Hay 16,7 millones de personas con un ser querido en su casa que no tiene estatus legal. Cinco millones de niños estadounidenses viven en hogares en los que al menos un progenitor es indocumentado. Los futuros paquetes de rescate deben tener en cuenta esa realidad”.

Esos trabajadores son algunos de los que poblaban las calles de la capital este viernes. Washington, la ciudad del poder político. Pero también Nueva York, la capital de las finanzas. Los Ángeles, la del entretenimiento. Miami, Chicago, Nueva Orleans, Seattle, San Francisco. Otra particularidad de esta crisis es que se ensaña desproporcionadamente con las grandes ciudades, que a su vez constituyen el núcleo de la capacidad productiva del país.

Los 50 condados más golpeados por el coronavirus aportan el 30% del empleo y el 36% del PIB del país, según un estudio del profesor Mark Muro, director de política metropolitana en el Instituto Brookings. “Lo fascinante y perturbador es que esos distritos más golpeados son el ancla de la economía de la nación”, explica Muro por teléfono. “Eso quiere decir que para poder reactivar la economía es necesario asegurarse de que esos centros están preparados”.

Muro sostiene que las futuras medidas deben enfocarse a esas ciudades. Lo que constituye un desafío para un presidente, en pleno año electoral, cuya base de votantes se encuentra precisamente en las zonas rurales y no en esas zonas metropolitanas más progresistas. “Es irónico, porque su reelección dependerá de cómo se recuperen ciudades como Nueva York, Washington, Seattle o Los Ángeles”, señala Muro.

Siguiendo apenas un kilómetro hacia el este desde Miriam’s Kitchen y el Watergate, por la calle G, se llega a la Casa Blanca. En el interior, esa misma tarde de viernes, el presidente comparecía en su rueda de prensa diaria sobre el coronavirus. Otra imagen para la historia: los periodistas, dejando butacas vacías entre unos y otros para respetar las directrices de distanciamiento, escuchan al presidente Trump en la sala de prensa que despreció durante sus primeros tres años de presidencia.

El gran éxito de Trump estos años ha sido convencer a una parte importante de los estadounidenses de que su liderazgo ha blindado la economía. El mensaje se sustenta en una expansión económica ininterrumpida de un decenio. La narrativa, claro, tiene sus flaquezas. Pero un bombardeo diario de tuits en mayúsculas elogiando la economía y una subida que parecía imparable en las Bolsas aplastan cualquier matiz.

“El país está en plena forma, los mercados están en plena forma”, tuiteaba Trump hace un mes, poco antes de que el enemigo microscópico se zampara todo lo que esos mercados habían ganado durante su mandato. El presidente se ha resistido a admitir el golpe. Pero ya pocos dudan de que los estadounidenses acudirán a las urnas, en noviembre, en medio de una gran contracción económica y con una de las mayores tasas de desempleo que se recuerdan.

El premio Nobel de Economía Robert Shiller habla del primer presidente que es “un orador motivacional”. El efecto de los vítores de Trump en la confianza de los consumidores es una de las fuerzas que explican la continuación durante los últimos tres años de un periodo récord de crecimiento económico. La expansión fue en parte por Obama, admitía el profesor de Yale, pero el mérito de que se prolongara en el tiempo cabe atribuírselo a Trump, más allá de por sus recortes de impuestos, por su inspiración en los mercados. Está por ver qué sucede cuando ya no queden números con los que inspirar.

Ante la emergencia sanitaria por causa de fuerza mayor, declarada por el Consejo de Salubridad General del país, el Instituto Politécnico Nacional pone a disposición sus capacidades científicas, tecnológicas y de innovación para contribuir en la mitigación de la pandemia del COVID-19 y poder salvar vidas, con proyectos que equipos de investigadores e ingenieros de la institución desarrollan actualmente.

Por su parte, el Secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán, ha resaltado que el sector educativo puede contribuir de manera positiva a las acciones de salud pública de prevención, ya que agrupa a diversos expertos en materia de enseñanza e investigación, a nivel nacional.

Al respecto, el IPN ha avanzado en el diseño y desarrollo de ventiladores mecánicos cuya finalidad es auxiliar ante la carencia de otros equipos de línea. Específicamente se trabaja en dos tipos de ventiladores o respiradores mecánicos: invasivo y no invasivo.

El ventilador invasivo se encuentra en fase de pruebas, que serán concluidas en breve para que pueda ser utilizado en los casos graves del COVID-19. Una vez validado estará disponible en código abierto para ser producido en cualquier lugar que cuente con la infraestructura y los componentes para su integración. Con las capacidades de impresión 3D con las que cuenta el Politécnico Nacional se pueden fabricar 90 ventiladores de este tipo y se pretende producir más en alianza con el sector productivo.

En cuanto a la fabricación de ventiladores mecánicos no invasivos (BPAP), cuyo propósito es ofrecer una solución auxiliar, útil ante la carencia de otros equipos, y permiten un mejor uso de los ventiladores invasivos, los prototipos estarán listos para iniciar las pruebas clínicas este próximo fin de semana.

Destaca también la producción de cubrebocas con la aplicación de procesos nanotecnológicos, con nanopartículas antivirales COVID-19, realizada por el Centro de Investigación en Ciencia Aplicada y Tecnología Avanzada, Unidad Legaria, del IPN, que superaría por su efectividad, a los cubrebocas que habitualmente utiliza el personal sanitario. Se podrán entregar, para la protección del personal hospitalario, una vez concluida la fase de pruebas, hasta 50 mil piezas diariamente en alianza con el sector productivo.

Con base en las estrategias de la Organización Mundial de la Salud y de la Secretaría de Salud del Gobierno Federal, se debe priorizar la búsqueda y ejecución de protocolos clínicos para identificar alternativas terapéuticas que ayuden a mitigar el efecto del brote mundial por COVID-19.

Para ello, la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del IPN ha desarrollado un inmunomodulador, el Transferón®, que permite reforzar la respuesta inmune. Para demostrar su eficiencia en respuesta al Coronavirus, se ha establecido un protocolo clínico para suministrarlo a 560 pacientes voluntarios en etapa temprana de la enfermedad.

El protocolo, actualmente en proceso de autorización por la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), busca demostrar la eficiencia terapéutica como inmunomodulador en respuesta al COVID-19, para extender su uso terapéutico a la población afectada en la pandemia.

El Transferón® es producto de más de 40 años de trabajo de investigación básica, clínica y de desarrollo farmacéutico, soportados en la normatividad vigente nacional e internacional para garantizar la calidad, seguridad y eficacia del fármaco.

Asimismo, el Politécnico dispone de laboratorios de investigación con capacidades para el diagnóstico molecular del virus. La prueba implica la toma de muestra, el aislamiento del virus y la extracción de su material genético, que sólo pueden hacerse en instalaciones reguladas de bioseguridad niveles II o III, capacidades que se encuentran en la ENCB, donde se pueden realizar 115 pruebas diagnósticas por día, aplicando los protocolos PCR autorizados por las autoridades competentes: el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos y la Secretaría de Salud.

También, hay otras iniciativas en proceso como el diagnóstico preliminar y el diagnóstico clínico vía telefónica, las mascarillas convencionales, o la fabricación de pantallas de protección para personal médico. En situación de escasez crítica, esta casa de estudios tiene capacidades instaladas en diversas escuelas, centros y unidades para elaborar jabón desinfectante, alcohol en gel, substancias desinfectantes de superficies y material de limpieza con germicidas.

Ante la alerta de contaminación por productos desechables, particularmente de poliestireno expandido (EPS), mejor conocido como unicel, que de acuerdo con los expertos tarda más de mil años en degradarse, estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN) desarrollaron una máquina recicladora que compacta, peletiza y crea un pegamento para papel, cartón, madera y foami.

El prototipo construido en el Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos (CECyT) 2 “Miguel Bernard”, responde a la necesidad de reciclar la gran cantidad de desechos por espuma de poliestireno que alcanza las 125 mil toneladas anuales, destinadas a la industria alimenticia, embalajes y construcción, de acuerdo con cifras de la Asociación Nacional de Industrias del Plástico (ANIPAC) y de la Asociación Nacional de la Industria Química (ANIQ).

Bajo el lema “Pegamento confiable, reciclaje notable”, las alumnas Lorna Figueroa Ramírez, Akanne Martínez Ramírez y Jaqueline Paola Pérez Flores, diseñaron una máquina rectangular de un metro de alto, con un orificio por donde se introduce el unicel, el cual es triturado por unas aspas sujetas por dos chumaceras y un par de baleros impulsados por bandas que giran en sentido contrario.

Con la asesoría de los profesores Celia Eliza Labrada Razo y Miriam Alonso Meneses, las estudiantes utilizaron dos motores de medio caballo de fuerza cada uno para impulsar el prototipo y desarrollaron un circuito electrónico con tres lámparas señalizadoras, dos interruptores y un botón de inicio y paro general.

Una vez que es triturado el unicel, se obtienen pequeños gránulos o pelets que pasan por un ducto hacia un recipiente con acetato de etilo y acetona, que se baten hasta obtener el pegamento.

Las jóvenes politécnicas aseguraron que existe una incipiente industria de reciclaje de unicel, que se realiza en tres pasos básicos: que es recolección, trituración y transformación de la materia prima, pero todos se encuentran en diferentes lugares, por lo que su costo es elevado.

“Hay máquinas trituradoras que lo convierten en pelets, otras que generan la mezcla, y otras más que embalan el unicel, sin embargo, es necesario mandar el unicel a cada proceso y esto eleva el costo del reciclaje, el cual alcanza apenas el 0.01 por ciento en el país”, manifestó Akanne Martínez.

De ahí que las politécnicas, para lograr titularse como Técnicas en Máquinas con Sistemas Automatizado, hayan decidido conjuntar en su prototipo procesos de trituración, ventilación y reacción química en una sola máquina, que por su tamaño podría ser de gran utilidad tanto en hogares como para una pequeña industria.

La Universidad Nacional Autónoma de México se suma a los esfuerzos que llevan a cabo los gobiernos Federal y de la Ciudad de México, y de la sociedad en su conjunto, para atender las necesidades ante la COVID-19.

Por esta razón, aportará su experiencia y prestigio –mismas con las que cuenta la Fundación Carlos Slim– a la infraestructura y especialidad logística de la Corporación Interamericana de Entretenimiento (CIE), OCESA y CODERE.
 
La UNAM y estos organismos trabajarán de manera estrecha para implementar y operar la Unidad Hospitalaria Temporal, en donde se otorgará servicio a las personas que contraigan la COVID-19, que presenten síntomas leves y moderados, además de requerir oxígeno.

En este contexto, se hizo un llamado a la comunidad empresarial para insertarse en este proyecto, cuyo costo trimestral por la operación de mil 200 camas será de 945 millones de pesos, y el de atención ambulatoria, de 36.7 millones de pesos.
 
El crecimiento de la infraestructura se haría modularmente en bloques de 200 camas y se determinaría en función de la demanda y la disponibilidad de la plantilla médica.

Asimismo, contaría con módulos de atención y valoración ambulatoria, y área de preparación de traslado con equipamiento de terapia intermedia, entre otros servicios.

La operación hospitalaria de esta Unidad, que se ubicaría en las instalaciones del Centro Citibanamex, sería ejecutada a través de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México y la Secretaría de la Defensa Nacional.

El personal estimado es de 397 personas, de las cuales 100 se dedican a la estructura operativa y 297 a la médica: un director médico, tres jefes de servicio, un jefe de enfermería, 45 médicos especialistas, 29 técnicos de laboratorio, ocho trabajadores sociales y apoyo administrativo, así como 140 enfermeros y 70 camilleros y afanadores.

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Para apoyar la enseñanza durante la contingencia por COVID-19, la BUAP y ocho instituciones integraron la Red de Innovación Educativa (RIE 360), una colaboración interinstitucional cuyo objetivo es impulsar el aprendizaje de los estudiantes y el desarrollo profesional de los docentes, mediante la creación, implementación y evaluación de innovaciones educativas.

Conformada por la BUAP, la UNAM, los institutos Politécnico Nacional y Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, así como las universidades de Guadalajara, Autónoma de Nuevo León, Anáhuac-México, Autónoma Metropolitana e Iberoamericana-Ciudad de México, la RIE 360 busca compartir recursos, experiencias e ideas para desarrollar programas educativos e impulsar el aprendizaje de los estudiantes durante esta emergencia sanitaria.

El sitio correspondiente, http://www.rie360.mx/ “Recursos Educativos para Innovar la Docencia ante el COVID-19”, dispone de enlaces a portales de apoyos institucionales a la actividad docente, recursos educativos, herramientas didácticas y cursos en línea, acervos digitales y bibliotecas, así como repositorios y medios de comunicación institucionales, todos de acceso abierto, a partir de este 2 de abril, en todo el país.

Lo anterior permite sumar esfuerzos para hacer más fácil y accesible la transición de las y los estudiantes, profesores y profesoras a la enseñanza a distancia, compartiendo experiencias y mejores prácticas.

En este caso, la BUAP pone a disposición de las comunidades universitarias sus Tutoriales para Continuidad Académica, un sitio con alternativas de capacitación y uso de herramientas que ayudarán a migrar la práctica docente a un entorno digital e impartir clases en línea o a distancia.

En publicaciones, la Máxima Casa de Estudios de Puebla compartirá más de 15 acervos digitales de información, así como las listas de publicaciones de Spinor, una revista de divulgación científica, y el suplemento mensual Saberes y Ciencias, ambos a cargo de la Vicerrectoría de Investigación y Estudios de Posgrado. En cuanto a medios institucionales, el sitio de Radio BUAP contiene información relacionada con la temática universitaria.

Mediante estas acciones, la BUAP refuerza su compromiso de impulsar el aprendizaje de los estudiantes y el desarrollo profesional docente, a través del aprovechamiento y aplicación de las nuevas tecnologías.

Friday, 03 April 2020 00:00

Desde que empecé a tener síntomas

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La única persona a la que he tocado desde hace una semana es mi hija de dos años. Cada selfie que hago de nosotras dos es una fotografía en la que se me ve tratando de inhalarla. Las calles están vacías, las sirenas de ambulancia son constantes, el brillo del sol es insultante. Al otro lado de nuestras ventanas, la ciudad está quedándose sin respiradores. Las tiendas tienen en sus escaparates carteles que parecen sacados de las películas apocalípticas que me encantaban cuando pensaba que eran metáforas, y no profecías: “Debido a la epidemia de COVID-19, estamos cerrados indefinidamente”. Mi hija y yo no hemos salido del apartamento desde hace cuatro días, desde que empecé a tener síntomas.

Mentira. He salido una vez, a bajar la basura. No podía olerla, porque no puedo oler nada —el olfato desapareció de pronto, igual que el gusto; es el nuevo síntoma del que hablan últimamente los informativos— pero, al ver que ya no podía apretar más en el cubo el montón de pieles de plátano y trozos de calabacines triturados, me di cuenta de que no había más remedio. En el vestíbulo del edificio vi a un hombre con una mascarilla azul que había venido a recoger la ropa de alguien para llevarla a la lavandería. Cuando se quitó la mascarilla para hablar, me aparté de él. Estoy segura de que creyó que lo hacía por miedo a que me contagiara, cuando, en realidad, lo hice por miedo a contagiarlo yo. Me dio miedo hablar. Me imaginaba al virus transmitiéndose en partículas de mi saliva. Pero no era mi imaginación. Era la realidad. ¿Por qué no fui capaz de decirle “Tengo el virus”? Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta. Sentí vergüenza de ser transmisora.

El virus. Un nombre íntimo y fuerte. ¿Cómo se siente hoy mi cuerpo? Con escalofríos a pesar de las mantas. Con un picor horrible en los ojos. Tres jerséis a mitad de día. Mi hija que intenta ponerme otra manta más con sus bracitos. Un dolor en los músculos que, por alguna razón, hace que me sea muy difícil quedarme quieta. La pérdida del gusto es una especie de cuarentena sensorial. Es como si la cuarentena se acercara, centímetro a centímetro, a lo más profundo de mi ser. Primero perdí el contacto con otros cuerpos; luego perdí el aire; ahora he perdido el sabor de los plátanos. Ninguna de estas pérdidas es especialmente rara. He hecho un calendario para no volverme loca con la niña. Hace cinco días escribí sobre él “¡Caminar/Aventura!”, junto a una ilustración recortada de un tigre; como si fuéramos a ver tigres en nuestros paseos. Me pareció bonito mantener viva la posibilidad.

Dicen que la cuarentena es difícil para los padres. La cuarentena. Como si no fueran cuarentenas, en plural. Como si no viviéramos todos solos. Ser madre de una familia monoparental es igual que ser madre, salvo que estoy siempre sola. Ser madre de una familia monoparental en cuarentena es igual que ser madre, salvo que el interior de mi mente se ha convertido en un manicomio en el que retumba el sonido de mi propia voz que lee los mismos libros ilustrados una y otra vez: “Señor conejo, necesito ayuda. La oscuridad fue fácil de encontrar. Hola, rayas. Hola, lunares. Hola, maravilla. Hola, ¡EH! ¿Qué es eso? ¡Es un GUISANTE A LA FUGA! Pájaros sentados en magdalenas. Serpientes sentadas en pasteles. Corderos sentados en mermeladas. Abejas sentadas en llaves. ¿De verdad quieres ayudar, cielo? Tienes que hacer algo para que el mundo sea más bonito”.

Claro. Hoy. En este mundo condenado. Hacerle algo bonito. He pensado incluir en nuestro calendario muchos juegos posibles que sean estimulantes, pero son más difíciles de imaginar con el virus en mi sangre: una merienda, un baile, una fiesta de hacer tiras de papel de seda. Todavía puedo pensar en ver la retransmisión en directo desde el zoo, pero no siempre vale la pena. A veces no es más que un koala con los ojos cerrados y aspecto enfermo, como el resto de nosotros. De todas formas, da igual lo que incluya en la agenda. Mi hija tiene claro lo que quiere. Su juego preferido es tirarse de cabeza del montón de ropa al suelo. Su segundo juego preferido es tirarme los sujetadores a la basura. Su tercer juego preferido es espachurrar el tubo de pomada para las rozaduras del pañal por el suelo y luego darme una de sus toallitas y decirme: “Límpialo”. Cuando la miro fijamente, sonríe con coquetería: “Límpialo, por favor”. Se sabe todos los trucos.

La única forma que tengo de poder escribir todo esto es sentarme con ella en el suelo y darle un bolígrafo y un cuaderno para que se ponga a hacer garabatos a mi lado.

Me despierto a mitad de noche con el corazón latiendo muy fuerte y tengo las sábanas empapadas de sudor, seguramente repleto de virus. El virus es mi nueva pareja, el tercer habitante del apartamento, tendido y húmedo sobre mi cuerpo toda la noche. Cuando me levanto a beber agua, tengo que sentarme en el suelo a mitad de camino para no desmayarme.

Una tarde, desde la ventana, veo a cuatro estudiantes de instituto que pasean del brazo. Hay algo de insolente en su jovialidad, su forma natural de tocarse, un “¿Que no podemos tocarnos? ¡Que os den!”. Me entran ganas de gritarles: “¡No podéis!” El deseo de sentirnos superiores ante la gente que no cumple el distanciamiento social es nuestra forma de afrontar nuestro miedo y justificar nuestros sacrificios. “Si he tenido que renunciar a esto, vosotras también deberíais”. Llevo nueve días sin tocar a otra persona adulta, aunque no es que lleve la cuenta. El día en el que me di cuenta de que estaba enferma, coloqué en el portal un cartel advirtiendo a mis vecinos de que estaba contagiada. La culpa del transmisor me quita el sueño todavía. Cualquiera que está enfermo es el paciente cero de otra persona. Es lo que llaman la “excreción del virus”, una expresión bella y grotesca a la vez, como si, bajo una luz ultravioleta, la enfermedad fuera una especie de piel de serpiente desprendida y enroscándose por todo el piso hasta convertirse en polvo.

Últimamente suelo soñar con agradables cenas a las que nadie me ha invitado. Idealizar las cuarentenas de otras personas no es más que la última versión de una vieja costumbre. ¿Qué más da que firmara los papeles de mi divorcio un mes antes de que la ciudad empezara el confinamiento? Tengo mis mantas. Tengo a mi niña pequeña que se mete trozos de pan de pita por el cuello de su pijama de llamas arcoíris, en pleno epicentro de la epidemia. Por supuesto que a veces me gustaría que mi cuarentena fuera distinta, y a veces me gustaría que mi matrimonio hubiera sido distinto, pero, ¿cuándo he vivido yo sin ese desasosiego? Es un dolor en los músculos que hace que me cueste quedarme quieta. La cuarentena me enseña lo que ya me habían enseñado pero nunca aprenderé: que hay muchas otras formas de estar sola, además de mi forma concreta de estarlo.

Pasamos los días pinchando con el tenedor infantil frambuesas compradas por internet. “Mamá, ayúdame”, dice en ocasiones, con tono lastimero. Necesita algo pero no sabe exactamente qué. Yo sí se exactamente lo que necesito: otro cuerpo humano. De modo que respiro y absorbo su cuero cabelludo una y otra vez. Dejo que me apriete el muslo con los deditos del pie una y otra vez. “Mamá, pierna”, dice, encantada. A veces basta con nombrar el mundo, con enumerar sus partes. Recuerdo el sexo antes de la cuarentena: todo lo contrario al distanciamiento, lo contrario a la enfermedad, lo contrario a la contención. Recuerdo los carros rebosantes en el supermercado en los días en los que los rumores del confinamiento todavía eran rumores: la mujer que acaparaba comida para gatos y café instantáneo, el hombre con los brazos llenos de jabón, como si ya no fuera a hacer nada más que lavarse hasta el final de los tiempos.

Recuerdo la última vez que me sentí tan alejada del mundo; también la última vez que comí sin saborear: a los 17 años, cuando volví a casa después de una semana en el hospital, con la mandíbula llena de alambres y el rostro hinchado y reconocible, una operación terrible para curar la fractura sufrida en un accidente mientras hacía senderismo. Pedí a mi madre que tapara todos los espejos con sábanas porque no podía soportar verme. Me inyectaba con una jeringa pequeña una bebida de proteínas directamente en la parte de atrás de la boca y utilizaba un cuadernito para comunicarme, porque estuve meses sin poder hablar. ¿Y qué escribía? Años después, revisé las notas escritas a toda prisa en busca de alguna hondura dentro del sueño febril de mi dolor, pero lo único que encontré fue miedo y necesidad, en bucle: “¿Y si vomito con la boca cosida? Más Vicodin, por favor. Más Vicodin, por favor. Más Vicodin, por favor.

En esta casa no hay Vicodin. Solo paracetamol infantil y plátanos que se hacen papilla sobre mi lengua y otra alcohólica rehabilitada en FaceTime que me cuenta que algunas de las personas de las que es madrina han vuelto a beber porque “esta mierda de mundo está acabándose”, al menos de momento, y ahora cae la lluvia sobre las calles vacías, y saco la mano por la ventana; solo un instante, igual que aprieto la mejilla contra el vientre de mi hija, para sentir algo que sigue estando ahí.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

La duda planeaba sobre los países de la región desde la primera recomendación de las autoridades sanitarias: ¿se quedará la gente en casa? Se trata de una pregunta no solo legítima, sino necesaria en una región que cuenta con altos índices de pobreza e informalidad (lo que se traduce en que mucha gente vive con lo ganado en el día) y baja confianza no solo en sus Gobiernos, sino en los aparatos estatales en su conjunto.

Reportes de aglomeraciones en Perú, Colombia o Ecuador a pesar de los aislamientos obligatorios declarados en estos países no tardaron en emerger. Y es cierto: estos picos de encuentro se han producido, se siguen produciendo hoy. Pero si miramos los datos agregados, la historia que cuentan es una de descenso generalizado de la movilidad. Al menos así es con el vehículo privado según la información que compila día a día el Banco Interamericano de Desarrollo con el apoyo de Waze, la app de GPS más popular en la región.

Comparando la intensidad del tráfico rodado cada día desde el 8 de marzo con respecto a los primeros siete del mes, se advierte un descenso gradual, pero decidido, en todas las naciones. Se inició muy pausadamente en la segunda semana de marzo, pero cogió fuerza después de mitad de mes. En algunos lugares, como Venezuela, la caída ha sido más pronunciada, probablemente empujada por la temprana decisión de las autoridades de entrar en cuarentena. Otros, como México o Costa Rica, siguieron una pendiente más suave durante la tercera semana que se quedó en un punto de equilibrio desde ese momento.

Por supuesto, el volumen final de la caída varía mucho de país a país. México, Uruguay, Brasil y Chile son a día de hoy las naciones con más movimiento aparente en sus ciudades. No es sorprendente: en ninguno de ellos hay, a día de hoy, cuarentena completa obligatoria. Porque, aunque los descensos son generales, existe sin duda un diferencial en aquellos países con dicha norma aprobada. 

Allá donde el aislamiento ha sido declarado en algún momento de marzo la tendencia a no usar el vehículo privado ha sido menor, y el descenso, más temprano. Resulta imposible, eso sí, discernir si es un efecto de las propias medidas o si el hecho de que la demanda social para permanecer resguardado ya fuese mayor en estos lugares es la que ha movido al mismo tiempo estos datos y las decisiones gubernamentales.

Cuando miramos al último dato ciudad por ciudad en las más pobladas del continente, hay un grupo de cabeza que aglutina a la capital venezolana (con una presencia militar importante y una incertidumbre incomparable con respecto al potencial devastador de la pandemia), las tres urbes más pobladas de Ecuador, que se enfrentan hoy por hoy al mayor brote de la epidemia en la región, y Ciudad de Panamá, con una concentración muy elevada de casos per cápita.

Es decir: parece que, efectivamente, la gente no responde solo a la norma, sino también a su propia percepción del peligro que representa la pandemia en su lugar de residencia. En el otro lado de la distribución se concentran núcleos brasileños y mexicanos, con una ciudad fronteriza emblemática a la cola de la clasificación.

Pero los vehículos individuales (donde también se incluyen taxis y similares, por supuesto) suponen solo una parte de la movilización diaria de los millones de urbanitas latinoamericanos. Los sistemas de transporte masivo (metro, bus, teleféricos) asumen una parte importante, muchas veces mayoritaria, de la movilidad. Efectivamente, parece que el descenso de afluencia en las plataformas públicas es menor.

Estas diferencias podrían estar reflejando varios fenómenos al mismo tiempo.

Primero, si existen restricciones a la circulación privada (por controles de las autoridades), tendría sentido que una parte de quienes normalmente usan vehículo propio o taxi se muevan ahora con transporte público.

Segundo, es probable que exista una segmentación de ingresos, siendo las porciones de la población menos pudientes, con menor capacidad de quedarse en casa o teletrabajar, quienes ocupan en mayor proporción metros, buses y colectivos.

Por último, con dicha diferencia de ingresos viene también una de tareas: el personal de industria y servicios esenciales, que no para ni parará durante la pandemia, tendría más sencillo movilizarse en transporte público

De nuevo, además, las diferencias entre naciones emergen con el transporte público, con México y Brasil a la cola de las reducciones.

La imagen global que dejan los datos es que, efectivamente, la ciudadanía latinoamericana se está quedando en casa, pero se intuye que unos lo están haciendo más que otros. Será tarea de las autoridades públicas en estos países valorar dónde, quién y por qué continúa transitando por las calles junto a la pandemia, separando casos justificados o inevitables de otros que no lo sean. Al menos en aquellos países donde dichas autoridades han demostrado preocupación al respecto.

Friday, 03 April 2020 00:00

Lola Álvarez Bravo, la primera fotógrafa mexicana

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Dolores Martínez de Anda, mejor conocida como Lola Álvarez Bravo, fue una reportera gráfica, fotógrafa comercial y documental, retratista profesional y artista plástica. La obra generada a lo largo de su vida es considerada como una “biografía visual” del México del siglo XX.

Nació en Lagos de Moreno, Jalisco, en 1907 donde creció hasta que se mudó a la Ciudad de México en 1916, a los nueve años. Su historia familiar presentó diversas controversias, entre ellas, la misteriosa desaparición de su madre cuando ella era niña y la muerte de su padre durante su adolescencia.

Una vez en la capital, conoció a uno de sus vecinos, Manuel Álvarez Bravo, con el que se casaría en 1924 para después mudarse al estado de Oaxaca. Este hombre la inmiscuyó en el mundo de la fotografía, le enseñó a revelar películas y a hacer copias en el cuarto oscuro. Sin embargo, el matrimonio no funcionó y se separaron en 1934. La fotógrafa decidió conservar el apellido de Manuel una vez que terminó la relación.

A mediados de los años 30, Lola Álvarez comenzó su carrera en la fotografía en la revista El maestro rural, la cual era editada por la Secretaría de Educación Pública (SEP); posteriormente, colaboró con la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) en 1934, pues un año antes conoció a Paúl Strand y María Izquierdo.

 
 
(Fotomontaje: Anarquia arquitectónica de la Ciudad de México/1950)
(Fotomontaje: Anarquia arquitectónica de la Ciudad de México/1950)

La carrera de Lola estuvo plagada de imágenes documentales de la vida cotidiana y experimentos de forraje y fotomural, de acuerdo con información del Instituto Nacional de la Bellas Artes (INBAL). Estuvo influenciada por dos figuras artísticas de relevancia: Edward Weston y Tina Modotti, ambos también eran fotógrafos.

Una de sus primeras exposiciones la presentó en el famoso Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México en 1944 y constaba de 28 fotografías. Más adelante, comenzó a realizar y promocionar exposiciones de arte mexicano y en 1951 abrió la Galería de Arte Contemporáneo.

Para los años 60, la fotógrafa se convirtió en jefa del Departamento Fotográfico del INBAL y fue parte del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), además de colaborar con diversas dependencias estatales.

“Galería de mexicanos: 100 fotos de Lola Álvarez Bravo”, fue una exposición que hizo la artista en 1965 donde mostró varios de sus retratos al público. Sin embargo, su primera exposición individual había sido un año antes.

 
(Foto: Tríptico de los martirios II/1950/Lola Álvarez Bravo -Archivo-)
(Foto: Tríptico de los martirios II/1950/Lola Álvarez Bravo -Archivo-)

Fue profesora de la Academia de San Carlos en la Ciudad de México. Entre los artistas mexicanos con los que colaboró se encuentran Diego Rivera, Rufino Tamayo David Alfaro Siqueiros y Frida Kahlo, esta última fue la protagonista de una de sus exposiciones.

“Frida y su mundo” fue el nombre de la serie fotográfica que presentó en el centro de exposición que fundó, el cual más adelante cambio su nombre a Galería Juan Martín, en los años 90. Desde entonces, la galería hace una exposición con más con 200 de sus mejores fotografías.

Una placa con su nombre fue colocada en el Teatro Degollado de Guadalajara, Jalisco, en noviembre de 1985, donde se inauguró una exposición de 80 fotografías. Finalmente se retiró de la fotografía en el año 1989.

Pasó sus últimos días de vida en la capital del país, cuatro años después de haberse retirado, el 31 de julio de 1993.

Seattle está siendo una de las zonas de EE UU más golpeadas por la pandemia. La ciudad lleva casi dos semanas en cuarentena estricta. Los comercios y el transporte público están cerrados pero un grupo de 30 científicos sale cada mañana de su casa para llegar al laboratorio de la Universidad de Washington (UW). Están trabajando en una supervacuna contra el coronavirus a base de proteínas sintéticas. Un sofisticado método que comienza con un trabajo de software y podría desencadenar una respuesta inmune 10 veces mayor que las tradicionales. “Solo la gente que necesita las probetas está yendo a la laboratorio. El resto de los equipos estamos en casa con el ordenador. Todos estamos trabajando contrarreloj”, dice por teléfono Susana Vázquez Torres, una joven investigadora mexicana (26 años) que trabaja en el grupo dedicado a los experimentos con encimas.

A partir de un algoritmo, los científicos desarrollan proteínas artificiales. Más bien nanopartículas, formadas a su vez por decenas de subunidades en forma de proteínas. Las nanopartículas serían “como una cajita muy pequeña” explica Vázquez. Los investigadores adhieren a la superficie de la cajita diferentes antígenos, es decir, pequeñas partes del virus que desencadenan una respuesta inmune en el organismo. “La diferencia -añade la científica- con otros métodos es que es posible pegar de forma ordenada y repetitiva muchos más antígenos. Este tipo de vacunas ya han sido usadas contra virus respiratorios en animales y la respuesta inmune ha sido hasta 10 veces más fuerte que las tradicionales”.

La semana que viene comenzaran los pruebas con ratones. La siguiente prueba será con monos. Si la respuesta inmune en los animales es tan poderosa como la registrada en las pruebas para otros virus respiratorios, el equipo del Instituto de Diseño de Proteínas de la UW espera tenerla lista para “los próximos meses”.

La carrera científica para encontrar tratamientos efectivos contra la enfermedad provocada por el coronavirus ha arrancado a toda velocidad en China, EE UU y Europa. Ninguno prevé que pueda estar listas antes del año que viene. Entre los fármacos más utilizados por ahora hay dos que están cobrando especial atención: un genérico ya aprobado contra la malaria y un tratamiento experimental que se diseñó para combatir el ébola. “Muchos laboratorios están preparando fármacos, pero la innovación con las proteínas sintéticas nos puede permitir encontrar una vacuna universal, que actúe contra toda la familia del Coronavirus”, añade Vázquez, que lleva desde noviembre trabajando para el Instituto de Diseño de Proteínas de la Universidad y que después del verano empezará, en el mismo centro, su doctorado en bioquímica.

Nacida en Querétaro, hija y hermana de ingenieros, la joven científica estudió la licenciatura de Investigación Biomédica en la UNAM. Antes de llegar a EE UU, pasó un año en la Universidad de Groningen, becada por el Gobierno holandés y cursando una maestría en Ciencias médicas y farmacéuticas. Se siente más cómoda en Seattle. “Aquí estoy más cerca de mi familia y hay mucha comunidad latina. En Holanda no sabían ni lo que era un taco”. De su país, considera que “el Gobierno ha tardado en tomar las medidas adecuadas”.

El virus detrás de esta pandemia no es nuevo (existía hasta ahora en murciélagos) y pertenece a una familia conocida. El MERS o el SARS, son cepas del mismo virus. “La facilidad con la que podemos añadir antígenos de diferentes cepas nos facilitaría una vacuna universal contra toda la familia del coronavirus y que nos protege de otras epidemias en el futuro”.

Tampoco es nuevo el uso de proteínas sintéticas. Su sustitución de las moléculas orgánicas en medicamentos permite reducir los pasos de la investigación y, de paso, eliminar solvente y elementos químicos muy contaminantes pero necesarios para las reacciones químicas orgánicas. Sí es nuevo el trabajo con algoritmos y modelos computacionales para mejorar la adherencia de los antígenos y perfeccionar la nanopartículas.

Otra ventaja es que al ser sintéticas, estas partículas son muy resistentes a la temperatura. “En contra de la mayoría de las vacunas que necesitan fuertes aparatos de refrigeración para su conservación, esta es mucho más resistente al calor. Algo que la convierte en medicamento idóneo para palees en desarrollo tanto en África como en América Latina”, cierra Vázquez.

En 1988 el pueblo indígena nukak, del sudeste de Colombia, tuvo su primer contacto con foráneos y, como consecuencia, una gripe devastó al menos a la mitad de su población. Para esa época, los sobrevivientes de este pueblo de cazadores y recolectores fueron empujados por colonos y grupos armados que se adueñaron de su selva y los obligaron a huir y asentarse por años en la ciudad de San José del Guaviare. Las noticias de una pandemia inédita que avanzaba rápidamente les trajo reminiscencias de ese pasado trágico y antes de que las autoridades civiles de Colombia cerraran fronteras o decidieran la cuarentena, varios de ellos se adentraron de nuevo en la selva para aislarse temporalmente. “El 18 de marzo, en una decisión autónoma, reunieron a las autoridades del departamento, y notificaron la decisión. Pero no es un retorno a sus territorios ancestrales, sino un aislamiento en sus resguardos que es de unas 980.000 hectáreas”, explicó Sandra Pérez Gómez, de la Confluencia de Mujeres para la Acción Pública del Guaviare, que ha acompañado a estas comunidades. Les dieron algunas herramientas y medicamentos y se adentraron en lo que les queda de bosque.

Esa ha sido solo una de las alternativas de los pueblos indígenas de Colombia ante el temor de contagiarse del coronavirus. Algo que, en palabras de las autoridades indígenas de Colombia, significaría su exterminio. “Nuestros pueblos no tienen agua potable, están subalimentados, con altos niveles de desinformación y dificultades de acceso a centros de salud”, diagnostica Armando Wooriyu Valenzuela, secretario de la Alta Instancia de Pueblos Étnicos para la Paz. La Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) calcula que el riesgo de la pandemia se cierne sobre 115.000 familias indígenas, cerca de 1.905.000 personas en todo Colombia.

Los riesgos varían dependiendo de la región pero llegan a todos. La primera alerta se dio en Cúcuta, ciudad fronteriza con Venezuela, donde según el Ministerio de Salud hay dos indígenas de la etnia yukpa, que fueron confirmados con Covid-19. Según la autoridad nacional de salud, uno de ellos falleció, pero en la ciudad la información es confusa y se habla de un solo contagiado que sería un colono venezolano que vive entre los indígenas. Aunque la alcaldía se propone controlar la propagación, los yukpas tienen una cultura seminómada, lo que dificulta cualquier cuarentena. Los yukpas (colombianos y venezolanos) se encuentran en estado de indigencia hasta en 15 ciudades de Colombia, pero en el caso de los venezolanos además vienen y van. Y aunque el Gobierno colombiano cerró sus fronteras como parte de sus medidas para frenar la pandemia, abundan los cruces informales conocidos como trochas.

En ciudades capitales como Bogotá o Medellín, está el mayor peligro para los indígenas que viven en la indigencia. Desplazados por el conflicto armado, muchos mendigan o viven de la venta de artesanías. Pero sin clientes en las calles están pasando hambre y durmiendo apiñados en aceras. El miércoles, 500 familias de la comunidad embera fueron desalojados por dueños de hoteles al paso por no tener con qué pagar por una habitación. De acuerdo con la Onic, esto ocurre también en ciudades como Barranquilla o Cali y pueden convertirse en una bomba de tiempo. Las fronteras y la pobreza son otra de las preocupaciones. “Tenemos un caso dramático y es el de los indígenas pairobas en Puerto Carreño (Vichada), frontera con Venezuela, donde unas mil personas de esta comunidad indígena obtiene la comida de los basureros”, dice Wooriyu para señalar que la respuesta del Gobierno tiene que ser desde la seguridad alimentaria además del agua.

Hasta ahora, los indígenas se protegen con barricadas para evitar el ingreso de foráneos que puedan contagiarlos. Lo hace la Guardia Indígena del Cauca, en el suroeste del país, pero también la etnia wayú en La Guajira, norte de Colombia, donde también salen a las carreteras a protestar por la falta de agua potable. En esa región, que ha recibido el impacto de la migración, preocupa el estado de los hospitales. De acuerdo con Valenzuela, hay cinco para atender a toda la población de wayú que es de medio millón de personas, además de los migrantes.

Las peticiones al Gobierno de Iván Duque van desde la toma urgente de muestras de confirmación en comunidades que presentan altos índices de infecciones respiratorias, agua potable y alimentación hasta las labores de prevención en las lenguas de los indígenas. “El Ministerio de Defensa puso a disposición sus emisoras para que podamos dar información de prevención pero necesitamos que el presidente Iván Duque a través del Ministerio de Telecomunicaciones nos ayude a producir piezas en los 90 idiomas de las comunidades”, agregó Wooriyu, que habla en nombre de las más de 100.000 familias indígenas que temen al coronavirus.

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