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Los estudiantes zapotecos en la ciudad de México: Procesos de Migración, resignificación de las identidades y racismo en el ámbito escolar universitario

En este trabajo me propongo mostrar la experiencia de hombres y mujeres zapotecos del Istmo de Tehuantepec que emigran a la ciudad de México con la intención de escolarizarse a nivel de licenciatura, maestría, doctorado y posdoctorado y quienes necesariamente se ven forzados a dejar su comunidad de origen, su familia y parte de sus vidas para encontrar una mejor calidad de vida.

Como mostraré en seguida, estudiar en la ciudad de México y escolarizarse a este nivel no es una tarea fácil ya que regularmente hombres y mujeres zapotecos deben enfrentar una serie de retos, desafíos y problemas, entre los que destaca el sacrificio económico que sus familias deben hacer para mandarlos a estudiar a la ciudad, el racismo estructural, la violencia y la discriminación que experimentan cotidianamente como resultado de su relación con la población mestiza, la necesidad de resignificar o transformar su identidad étnica para ser aceptado por la sociedad receptora, así como el hecho de redefinir sus identidades femeninas y masculinas para poder socializar, convivir y entablar relaciones con los hombres y mujeres no indígenas, entre otros aspectos.

Pero antes de abordar específicamente algunos de los retos y desafíos que los zapotecos experimentan para poder escolarizarse a este nivel, contextualizaré brevemente su lugar de origen, así como el tipo de redes y estrategias comunitarias que despliegan para poder llegar a la ciudad de México, con la intención de mostrar que desde su salida hombres y mujeres deben de hacer frente a diversos problemas. Después abordaré el tema del racismo y la discriminación que experimentan como resultado de la migración y finalizaré mostrando que debido a su condición de género, hombres y mujeres experimentan de distinta maneras dichas formas de opresión.

La comunidad de origen de los migrantes y el despliegue de los lazos comunitarios para estudiar en la ciudad de México

Juchitán de Zaragoza es un municipio zapoteca ubicado en la región que comprende el Istmo de Tehuantepec, al sur del estado de Oaxaca y se caracteriza hoy en día, entre otras cosas, por la alta escolarización y profesionalización que sus habitantes han alcanzado. De acuerdo con cifras oficiales del INEGI (2000), el 3.9% del conjunto de la población zapoteca ha alcanzado el nivel superior universitario, seguido sólo por ejemplo, del caso de los mayas con el 2.7%, y de los purépechas con el 2.1%.[1]

Al interior de estas cifras sería muy difícil determinar qué porcentaje de juchitecos han realizado estudios universitarios o de posgrado en la ciudad de México, pero lo que resulta un hecho es que evidentemente los juchitecos son uno de los únicos grupos étnicos que han tenido la oportunidad de contar con una trayectoria de migración escolar tan antigua, de escolarizarse a nivel de licenciatura, maestría, doctorado y posdoctorado, de desarrollar estrategias para competir junto con los mestizos por un espacio en las aulas y que a pesar de todo ello, hayan podido mantener vigentes  sus redes comunitarias y sus identidades culturales.

En todos los casos, aún lejos de los parientes, los estudiantes siguen reproduciendo muchos de los elementos que conforman su identidad étnica y que posibilitan la filiación a la comunidad. Uno de los más importantes es representado por la cohesión del grupo y la solidaridad recurrente que existe entre paisanos. Aunque los estudiantes ya no se encuentran en casa de sus parientes, la relación con otros paisanos que no son necesariamente su familia, se convierte en una fuente primordial de solidaridad y ayuda mutua a la que se apela constantemente para solicitar protección, respaldo, apoyo en situaciones difíciles, durante una enfermedad o accidente, cuando escasea el dinero, cuando se necesita apoyo moral, así como en los buenos momentos, cuando se trata de conquistar el amor de una persona, cuando se asiste a eventos de paisanos y por supuesto cuando se realizan algunas fiestas.

Finalmente, se presenta una nueva etapa en la que los estudiantes han concluido su carrera, la ejercen en la ciudad de México, se independizan y deciden salir de las casas en donde viven con varios paisanos. Aún durante este periodo, los estudiantes permanecen apegados a la comunidad a través de la asistencia a fiestas de paisanos, a eventos literarios zapotecos, de visitas constantes a casas y restaurantes para degustar la comida típica, de la solidaridad entre ellos ante diversos problemas y también cuando se requiere la ayuda mutua.

Al mismo tiempo, la comunicación constante con la familia en la comunidad de origen es un aspecto que sigue siendo indispensable en sus vidas; es común que los padres o hermanos mayores hablen constantemente por teléfono para saber cómo se encuentran, que los hermanos menores y amigos envíen correos electrónicos para informar sobre todo lo acontecido en la comunidad, que la familia realice visitas constantes a la ciudad y también que los propios estudiantes visiten recurrentemente la comunidad.

La presentación de estos datos nos llevan a concluir que la distancia geográfica no siempre conlleva a una ruptura cultural o a una fractura al interior de las identidades, al menos en el caso juchiteco. Aunque los estudiantes se encuentran geográficamente lejos de su familia y de su lugar de origen, simbólicamente pueden mantenerse cerca de ellos a través de las redes familiares y comunitarias.

Al mismo tiempo, dichas redes contribuyen a que los estudiantes puedan seguir manteniendo vigente su sentido de pertenencia étnica y puedan seguir auto-adscribiéndose a éste aún en la ciudad de México. Es así como las redes familiares y comunitarias contribuyen a que algunos de los valores que definen a la identidad étnica juchiteca como la protección, la solidaridad y la ayuda, puedan seguir reproduciéndose a pesar de la distancia.

La universidad, el posgrado y el racismo en la ciudad de México Actualmente las principales opciones universitarias y de posgrado[3] para los juchitecos en la ciudad de México se encuentran concentradas en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana, las Escuelas Normales para Maestros, la Universidad Pedagógica Nacional, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social y la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Uno podría pensar que los juchitecos que logran acceder a una carrera universitaria o a un posgrado[4] en la ciudad de México, son aquellos que cuentan con mayores recursos económicos, sin embargo, no siempre es así. Muchos de ellos han logrado acceder a este tipo de educación gracias al gran esfuerzo económico que realizan las familias o en el caso de los estudiantes de posgrado, gracias a una beca otorgada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) en años recientes.

La importancia de analizar la vida cotidiana de los juchitecos en la universidad y en las instituciones donde realizan el posgrado, radica en ver el tipo de relaciones que sostienen con los mestizos, así como en apreciar algunos de los componentes identitarios que se despliegan durante este proceso. Según los testimonios recabados durante mi investigación de tesis de maestría, el tipo de relaciones interétnicas que los estudiantes juchitecos sostienen con sus compañeros mestizos pueden ser descritas en dos planos esenciales: por un lado encontramos el contexto del racismo y la discriminación, mientras que por el otro lado se encuentra el contexto de la solidaridad.

Antes de comenzar, habría que mencionar brevemente que la larga trayectoria de migración con fines educativos, artísticos y comerciales, les ha permitido a los juchitecos establecer relaciones más horizontales con los no indígenas. Mientras que para los mazahuas o los triquis en la ciudad, por citar algunos ejemplos, entablar este tipo de relaciones les sería muy difícil, para los juchitecos haber emigrado desde hace más de un siglo a la ciudad, les permitió adquirir una serie de estrategias para relacionarse con los demás. Sin embargo, como mostraré en seguida, ello no ha impedido que en ocasiones también tengan que enfrentar el racismo y la discriminación por su condición de etnia y género principalmente.    

Como algunos autores han señalado (Romer 1998, Pérez 2002 y Martínez Casas 2002, 2007) el espacio escolar es quizá uno de los lugares en los que manifiesta la mayor parte de conductas racistas y discriminatorias de los mestizos hacia los indígenas, no obstante, se ha prestado atención especial al tipo de relaciones que los niños indígenas entablan con sus compañeros mestizos en las primarias o secundarias, y se ha abordado poco el tipo de relaciones que se despliegan en otros contextos escolares como el de la preparatoria, la universidad y el posgrado. Aunque desde la academia aún no ha comenzado a abordarse este tema, algunas mujeres indígenas han comenzado a reflexionar sobre la educación universitaria y de posgrado como un espacio fundamental de análisis del racismo (Bautista 2008, Cruz Velázquez 2008, Gómez Gutiérrez 2008).

Judith Bautista, mujer zapoteca radicada en la ciudad de México, quien durante el desarrollo de mi investigación de maestría se encontraba realizando su propia tesis de maestría en Sociología, por ejemplo, realiza todo un análisis en torno al racismo y el género en el ámbito profesional y académico de las mujeres indígenas. De acuerdo con Judith:

“La conformación de los estados nacionales y el proyecto del mestizaje en México “es un proyecto racial investido de un lenguaje étnico con el que se ha pretendido esquivar la situación del racismo. La educación, contradictoriamente, ha servido como brazo fundamental de este proyecto racial y al mismo tiempo es la vía más “visible” (pero no la única) para que la población indígena y las mujeres se posicionen de herramientas con las cuales luchar contra la misma subordinación. Sin embargo, esto se complica debido a que el racismo mismo impide el acceso a éste y otros beneficios del desarrollo” (2008: 23-24).       

Y es que específicamente en el México contemporáneo, el problema del racismo surgió como ideología en las primeras décadas del siglo XX,[5]precisamente cuando el naciente Estado-nación tuvo como prioridad formar una identidad nacional por medio del mestizaje entre la raza india y la europea. Como menciona Olivia Gall: “Fue así como el proyecto “forjando patria” de Manuel Gamio y Alfonso Caso, y la corriente mestizófila presentada por Vasconcelos y Molina Enríquez, disfrazados de un ideal de mezclas de sangre y de culturas, desarrolló un racismo asimilacionista de Estado.

Éste permeó las mentalidades y las prácticas del conjunto de los sectores socioculturales de nuestro territorio, incluido el indígena, que introyectó la siguiente visión de sí mismo por muchas décadas: para ser mexicano hay que mestizarse” (2004: 12).  Fue así que el Estado construyo a la par de lo “nacional” una separación de la sociedad en dos grupos altamente diferenciados y jerarquizados que con el tiempo logró traducirse en relaciones asimétricas de poder y desigualdad social hacía los indígenas.

Paralelamente, comienzan a construirse una serie de prejuicios y estereotipos hacia los indígenas que “niegan la complejidad cultural de “los otros” y desdibujan sus identidades propias y autodefinidas, para imponerles una identidad desde el exterior, por quienes detentan el poder” (Oehmichen 2005: 159). Es de esta manera como la distinción entre indios y mestizos fue asociada a una serie de elementos y estereotipos que operarían como atributos identificadores. Lo “indio” comenzó a asociarse con el atraso, la tradición, lo rural, la pobreza, la marginación, el analfabetismo, la falta de educación escolar, etc., mientras que lo mestizo, por el contrario, llegó a aparecer como un símbolo articulador de la noción de mexicanidad, modernidad, progreso, tecnología y escolarización.

En conclusión, el factor racial fue el que acrecentó y agravó los prejuicios y las lecturas que la población mestiza realiza de la población indígena en las ciudades, colocándolos en una situación de desventaja y con menos posibilidad de acceso a las garantías y condiciones mínimas para vivir dentro de lógica de los Estados-nación (Bautista, 2008).     En el caso juchiteco, pese a que desde hace más de un siglo han aprendido a convivir con los mestizos en la ciudad de México y pese a que su condición de clase media los coloca en una situación de “cierta ventaja” u horizontalidad, el ámbito universitario y de posgrado es donde llegan a experimentar gran parte de las actitudes racistas y discriminatorias hacia su persona, el testimonio de Macario Matus,[6] poeta y escritor zapoteco, nos otorga un ejemplo de ello:

Yo soy de la octava sección, soy de las colonias más viejas en donde se habla mucho más zapoteco que español, entonces cuando yo llegue a la ciudad, cuando estudiaba en la universidad, se reían de mí, mis propios compañeros. Sí, sí, porque se nota, en la pronunciación, por eso durante muchos años no hable, se reían de mi, mis compañeros se reían de mí, me sentía muy mal, cuando ya me obliguen a hablar voy a hablar pero mientras tanto, no voy a hablar, decía yo”.


Por su parte, Carlos, estudiante del Instituto Politécnico Nacional nos otorga otro testimonio en el mismo sentido:“En un principio cuando tu llegas aquí, pues traes el acento más fuerte que como lo podamos tener ahorita y sí hay racismo hasta cierto punto entre las personas, hasta el punto en que en la escuela sí me discriminaban. En un principio la discriminación era de una forma agresiva, era como tratar de ofenderte, de burlarse de ti, como que se mofaban, pero más allá de sentirme mal, era al contrario, era identificarme entre todos porque yo era de Oaxaca, en mi salón, en la universidad había gente que era de Hidalgo, que era de Chiapas y yo era de Oaxaca y el jarocho, y bien marcado. En un principio sí fue como que se mofaban de ti, tratándote de hacerte menos, diciéndote “oaxaco” no, pero te digo te vas dando a entender que estas ahí porque en verdad puedes no porque te lo regalaron”.[7]

El racismo y la discriminación obliga a los estudiantes juchitecos a transformar algunos “indicios de identificación” (Oehmichen, 2005) y a desarrollar cierto tipo de competencias culturales como negar el origen indígena, negar el hecho de hablar una lengua diferente al español y dejar de usar la vestimenta tradicional para evitar conductas de este tipo (Romer 1998, Pérez 2002 y Martínez Casas 2002, 2007). De acuerdo con mis observaciones en campo, los juchitecos tienen que aprender ciertos valores, hábitos y costumbres citadinas como hablar sólo el español frente a sus compañeros mestizos, aprender a usar los modismos de la lengua urbana, vestirse acorde con algunos grupos juveniles urbanos, visitar los antros de moda y tratar de adquirir toda la tecnología popular de las ciudades (celulares, ipod, psp, x-box, computadoras portátiles) para evitar la violencia verbal y hasta física como apunta el siguiente testimonio de una joven zapoteca:  

Una vez yo había ido al concierto de Café Tacuba, yo por mostrar que estaba orgullosa de mi tierra pues me fui con una enagua y un huipil al concierto, entonces el concierto terminó y ya estando en el metro yo me senté en el piso y luego llego un chavo ya drogado y me grito, ¡Órale levántate pinché india, quítate!, y que me da una patada. Ya entonces otra persona se metió y no pasó a más, pero imagínate ya no poder ni vestirte como quieres…”[8]

Testimonios de este tipo, así como la observación que realicé en algunos de los espacios de convivencia universitaria como cafeterías, fiestas, bares, eventos culturales y otros, me permitieron comprobar que mostrar u ocultar los marcadores étnicos, es una estrategia que suelen usar los jóvenes juchitecos para ser aceptados por sus compañeros no indígenas y también para evitar el racismo y la discriminación. Podemos afirmar que no se trata de una renuncia definitiva a los componentes identitarios, sino simplemente algo a lo que he llamado “reacomodamiento estratégico de los marcadores de la identidad” para ser integrados en la sociedad receptora. Barth es quien se ha referido a este tema de la siguiente manera:  

“Las relaciones interétnicas estables presuponen una estructura de interacción semejante: por un lado, existe un conjunto de preceptos que regulan las situaciones de contacto y que permiten una articulación en algunos dominios de la actividad y, por otro, un conjunto de sanciones que prohíben la interacción interétnica en otros sectores, aislando así ciertos segmentos de la cultura de posibles modificaciones o sanciones” (1976: 18).  

Al respecto, Natalia Toledo, poeta zapoteca, nos ofrece el siguiente testimonio:

Es que en todas partes hay, como dicen en Juchitán, granos de maíz buenos y granos de maíz podrido, entonces sí, alguna vez encontré en la prepa un trato distinto de las personas hacia mí. Esa era una escuela que tenía cierta forma de pensar y de vivir y propiciaban mucho los cocteles y las idas a la disco, era una escuela muy fresa, y entonces, una vez en mi salón a mí se me ocurrió decir que yo hablaba zapoteco y entonces yo me di cuenta de que para mis amigas fue como haber dicho “tengo lepra” o algo así, porque sí, hubo un cambio rotundo en su actitud, como que decían, ¡Ay, tan bien que se veía!. Y bueno, yo lo único que pensaba era que ellas se perdían de lo que yo podía contarles, de lo que yo podía trasmitirles acerca de Juchitán porque sobre todo mi abuela me inculco cierta seguridad, como un orgullo de ser de un lugar, de hablar un idioma y de que eres tan atrevida o tan chingona que además estás aprendiendo otro idioma”.[9]

Finalmente, este argumento nos ayuda a contradecir las hipótesis de la Antropología Mexicana, influenciadas por el marxismo, que establecían que lo que causaba la discriminación hacia los indígenas era una cuestión de clase, contrario a ello, lo que vemos en el caso juchiteco, como en muchos otros casos, es que el racismo deriva de un proceso de exclusión y subordinación de lo indio, lo indígena y más recientemente de lo étnico, más que por una condición de clase.

En la ciudad de México, aún los juchitecos de clase media y alta llegan a enfrentar el racismo en distintos niveles, como señala la señora Gloria Marcial, comerciante zapoteca:[10]

Cuando yo llegue, cuando yo llegaba a hablar zapoteco, las señoras así como que se volteaban a ver. Yo recuerdo una vez en una panadería, por alguna razón, no era mi intención, ni chocar con la señora, ni mucho menos, entonces yo iba con una persona y hablamos zapoteco, entonces ella se volteo y dijo: “¡Ah! con razón si es una india” y pues en aquel momento tal vez por mi edad y todo, yo me sentía mal. Y en aquel entonces yo me encontraba muchas situaciones como esa”.

Este testimonio nos ayuda a entender como a pesar de la condición de clase “privilegiada” que pueden tener algunos zapotecos en la ciudad (dado que la señora Gloria era y es, en la actualidad, una gran comerciante de clase media ascendente), el racismo se presenta cotidianamente sobre todo cuando se exhiben algunos marcadores étnicos como la lengua y el vestido, razón por la que se debe de ocultar o negar cualquier indicio de identificación étnica. 

Por el contrario, en el caso de las relaciones solidarias o más horizontales entre juchitecos y no indígenas en el ámbito universitario y de posgrado, encontramos que existe una reproducción del sentido de pertenencia a la comunidad y una exaltación del orgullo étnico. En este tipo de relaciones solidarias entre juchitecos y mestizos, es frecuente que los marcadores étnicos como la lengua, el traje, la comida y las costumbres, se utilicen recurrentemente sin ningún problema, que lleguen a ser motivo de orgullo y exaltación, e incluso que sean un elemento para compartir tal y como apunta el siguiente testimonio: 

A mí me tocó una vez sacar unas tortillas duras, decir “ya no sirven”, y los metía en el bote de la basura, pero al siguiente día no tenías ni para esas viles tortillas, entonces me tocó irlas a sacar y comérmelas. O despertar una noche, después de estar estudiando toda la noche y madrugada y pararte y decir, zas! pero qué crees, no tengo ni para el pasaje! Vas y le hablas al señor en el metro, oye sabes qué dame chance porque tengo que ir a la escuela, bueno pasas, pero qué pasa cuando llegas al metro más cercano a tu escuela, que son como cinco kilómetros, me toco caminarlos y estar en la escuela sentado con tu estomago así rugiendo y dices bueno no importa, tengo que echarle ganas, pero ahí viene también cómo te relacionas con los demás, porque en mi caso mis compañeros se daban cuenta y ellos hacían la cooperación y me decían “mira te compramos comida y ten cincuenta pesos al menos para mañana” y en lo que me depositaban ya podía sobrevivir otros quince días más”.[11]

Como muestra este testimonio la solidaridad y la ayuda llega a ser un aspecto importante en las relaciones de amistad o afectivas que los juchitecos entablan con sus compañeros no indígenas. Mientras que algunos casos como el de los mazahuas en la ciudad de México (Oehmichen, 2005) o los otomíes en Guadalajara (Martínez Casas, 2007) han comprobado que los indígenas tienden a relacionarse únicamente entre pares e inclusive sólo realizan alianzas matrimoniales de tipo endogámico, el caso de los juchitecos apunta a relaciones más horizontales donde la exhibición de los marcadores étnicos no representa ningún problema.

Finalmente, con la presentación de ambos casos podemos concluir que los juchitecos en la ciudad de México deben “seleccionar, jerarquizar y codificar cuidadosamente unos elementos identitarios y no otros, para marcar simbólicamente sus fronteras en el proceso de su interacción con otros actores sociales” (Giménez, 1996: 13). Paralelamente, la selección y utilización de unos rasgos identitarios y no del conjunto de ellos, muestra que la identidad étnica lejos de ser un proceso inmutable, es un proceso maleable, que puede adaptarse a circunstancias específicas de interacción y sujetarse constantemente a la negociación.

Las actitudes de la sociedad mestiza hacia los juchitecos, en donde por un lado predominan el racismo y la discriminación, y por el otro, la solidaridad y la ayuda, son elementos que influyen determinantemente en el comportamiento de su identidad étnica o en palabras de Regina Martínez, “el contexto de la ciudad donde predomina la discriminación permite poner de manifiesto la naturaleza de la conformación identitaria” (2007: 51).  

El apoyo diferenciado para hombres y mujeres en el ámbito escolar: un segundo proceso de exclusión

Las ideologías sexo – genéricas que caracterizan las relaciones entre padres e hijos y padres e hijas en Juchitán, marcan la manera en que se vive diferenciadamente la decisión de migrar y realizar estudios universitarios y de posgrado. La migración femenina se ve como un peligro para el honor familiar, porque implica una falta de control sobre la movilidad y la sexualidad de las hijas, por lo que existen más resistencias para permitir y apoyar la salida de las hijas mujeres, que la de los hijos varones.

Generalmente, en muchas familias sigue vigente la perspectiva de que los estudios universitarios alejarán a las hijas de sus roles tradicionales como madres, esposas y amas de casa. Esto influye en que sea común que a las mujeres se les retire el apoyo económico familiar en muchas ocasiones, por lo que tienen que hacer uso de sus propios recursos para poder emigrar, mientras que a los hombres se les alienta y apoya. A pesar de estas oposiciones, encontramos que las mujeres juchitecas han encontrado en la ciudad las estrategias y mecanismos para confrontar estas ideologías excluyentes y para transformar poco a poco las identidades de género que solían colocarlas sólo en el papel de madres, esposas e hijas, como veremos enseguida. 

El apoyo que una familia le otorga a un estudiante casi siempre se encuentra relacionado con su condición de género. Es común que a los hombres se les brinde mucho más apoyo moral que a las mujeres, suele depositarse mayor confianza en ellos y también se les otorga mayor libertad para decidir sobre sus acciones. Mientras que a un hombre se le impulsará para que salga a estudiar, a una mujer se le pedirá que no salga, se le advertirá sobre los grandes peligros en la ciudad e incluso en algunas ocasiones se le negará el apoyo económico para evitar su salida, como muestra el siguiente testimonio:

“En el momento en que yo me salgo de Juchitán, mi padre me dice: “si tú te sales de aquí, y te vas al D. F. yo ya no te voy a dar nada, no te voy a apoyar económicamente”, mi mamá me dijo, “pues vete a estudiar, no hay problema”, pero mi papá tenía ese temor de que decía: “no pues esta cabrona mañana viene embarazada o ya está casada y sin terminar su profesión o regresa siendo una borracha…” Pero yo ya lo había decidido, yo ya sabía que había muchos vicios y muchas cosas malas, pero me la jugué. Yo me dije, me voy porque me voy…[12]

Generalmente el padre u otros varones de la familia son quiénes casi siempre ven con desconfianza la partida de la hijas, pues se piensa que en la ciudad adquirirán malos hábitos, que quedaran embarazadas, que consumirán drogas y alcohol, que tendrán prácticas sexuales fuera del matrimonio, que perderán su reputación y en síntesis, que se pondrá en riesgo el honor familiar, al respecto Juan Carlos señala:  

Yo me he topado con varios casos de mujeres que son muy buenas estudiantes, bastante aferradas en lo que quieren, pero casi no consiguen el permiso de los papás, por qué, porque los papás relacionan el hecho de que “la hija de fulanito de tal se fue a estudiar y regresó embarazada y tampoco terminó una carrera”, entonces el peso social es un poquito más fuerte en relación a ellas que a un hombre. Uno como hombre dice “que me voy a estudiar”, bueno lo más que puedes hacer es no seguir, o tener “N” número de mujeres allá, e hijos por donde sea, pero en el caso de la mujer, el peso social que recae sobre ellas es muy fuerte. Es eso, es la carga social que les ponen y los papás pues lo aferrados que son y son contados los papás que dicen “pues vas”, son contados”.

Durante mi investigación en campo, encontré que muchos de los argumentos que los padres plantean para que las mujeres no continúen estudiando, tienen que ver con el temor a las rupturas que la migración y los estudios puedan implicar con respecto a los roles de género tradicionales y a las ideologías sobre el “Deber ser” femenino y el honor familiar que prevalecen  en la región. Y es que en Juchitán, el éxito en la vida de una mujer casi nunca está asociado con su escolarización o profesionalización, sino con “el ser una buena comerciante”, “ser una buena hija”, “casarse con un hombre adinerado”, “contar con muchos bienes materiales”, “ser una buena esposa”, “procrear varios hijos” y al final del camino, “ser una madre ejemplar para toda la familia extendida”.[13]

En este momento es cuando las mujeres juchitecas deben de elegir entre ser una mujer acorde con las exigencias de la familia y la comunidad o intentar trazar su propio destino lejos de ésta. Debido a que una carrera universitaria y el posgrado siempre se realizan después de los veinte años, (edad en la que “normalmente” las mujeres en Juchitán ya están casadas y con dos o tres hijos) la familia de las migrantes ve en la educación un elemento que pospone aún más el matrimonio y la etapa reproductiva, aspectos fundamentales en el “Deber ser” femenino de la sociedad juchiteca e inclusive de nuestra propia sociedad.

Rocío, una mujer juchiteca quien ha realizado estudios de doctorado y posdoctorado y quien ha sido acreedora a múltiples premios por su obra literaria, nos ofrece el siguiente testimonio:

“En Juchitán es un valor ser rico, es un valor ser chingona, ser mejor que los demás, en Juchitán no es un valor ser inteligente, mucho menos tener un posgrado. Yo por ejemplo, soy una decepción para mi familia, porque para una familia el que tú escribas y que hayas publicado un libro o dos o los que sean, o que tengas un doctorado, no significa nada, nada absolutamente, no entienden ni de lo que les hablo, más bien parezco de otro mundo. Entonces lo que para mi familia, para mi mamá, para mi papá, para mis tías, lo que tendría valor en todo caso, sería que yo me hubiera casado con un hombre próspero, que tuviera una casota y una camionetota y que me vistiera con trajes bonitos, y que yo trajera un montón de oro, eso sería haber cumplido con el mandato del clan, pero que escribas o que tengas un doctorado… eso no vale nada”.[14]

Este testimonio refleja la manera en que las ideologías sexo – genéricas tradicionales influyen en la apreciación que la familia y la comunidad pueden tener acerca del triunfo en la vida de una mujer. Como el testimonio anterior muestra, en algunas ocasiones contar con una maestría o con un doctorado “equivale a no tener nada”. En este sentido, el mayor logro en la vida de una mujer se relacionará con el cumplimiento de sus roles social y culturalmente asignados y pocas veces con su escolarización o profesionalización.

Contrario a esto, generalmente a los hombres se les apoya porque se piensa que continuar con los estudios puede otorgarles una mejor calidad de vida y una mejor posición económica y social ante los demás; en la medida en que a través del estudio pueden conseguir un mejor trabajo y brindar así una mejor vida para su esposa e hijos, hace que la vida académica prolongada, se convierta en una garantía de bienestar familiar y social.

No obstante, aunque en los hombres se deposita mayor confianza que en las mujeres, la situación no deja de ser difícil también para ellos. Generalmente se les exige “que sean buenos estudiantes”, “que al terminar la carrera consigan un buen trabajo”, “que ganen mucho dinero” y “que apoyen económicamente a sus hermanos menores que todavía estudian”.[15] Si un hombre no cumple con este papel de “hombre exitoso” y “proveedor”, difícilmente obtendrá el reconocimiento familiar y comunitario.

Llevar a cabo estudios universitarios y de posgrado en la ciudad, están llevando a un replanteamiento y resignificación en cuanto a las identidades de género se refiere. Aún cuando las mujeres saben que cuentan con poco apoyo para venir a estudiar, deciden arriesgarse y comenzar a cuestionar los roles tradicionales de madre, esposa e hija, o como dijera Irma Pineda, intelectual juchiteca que actualmente trabaja en la ciudad de México:

“ahorita las mujeres en Juchitán ya están pensando en estudiar el posgrado, ya no es igual que antes cuando las mujeres ya nada más podían esperar cumplir 13 años y casarse”.[16]

Al mismo tiempo, muchos estudiantes varones han comenzado a cuestionar su rol como “hombre exitoso”, “proveedor”, “jefe de familia” y “esposo”. Ahora muchos piensan en estudiar el posgrado fuera del país y ya no se encuentra entre sus expectativas casarse o tener un buen trabajo para sostener económicamente a una familia. Habrá que esperar para ver la manera en que los juchitecos logran conciliar la idea de la educación con los distintos roles de género atribuidos por la comunidad de origen.  

Consideraciones Finales

Este trabajo deja ver algunos de los encuentros y desencuentros que hombres y mujeres zapotecos deben de experimentar para alcanzar la escolarización y la profesionalización. Considero que el mayor aporte al evidenciar el racismo y la discriminación de la que son objeto los migrantes en la ciudad de México y en muchos otros lugares, no es simplemente mostrar una gama de descalificaciones hacia los indígenas, sino comenzar a denunciar que aún en un México que se considera “libre”, “respetuoso”, “democrático”, “equitativo”, “plural” y “tolerante de la diversidad cultural”, siguen permaneciendo y reproduciéndose cotidianamente este tipo de conductas hacía los grupos minoritarios.

Porque no son sólo los migrantes indígenas los que son descalificados, desvalorizados y hasta criminalizados constantemente, lo son también las personas con capacidades diferentes, las mujeres, los niños, los gays, los jóvenes y los pobres. En fin que en este México que se proclama pluriétnico y multicultural, aún tenemos que reconocer que somos una sociedad altamente clasista, racista e intolerante de la diferencia cultural. En este largo camino por recorrer, evidenciar las distintas formas de discriminación, será sólo uno de los muchos pasos que tendremos que dar o como diría Olivia Gall “Para prevenir la discriminación es necesario tipificarla –ponernos de acuerdo en qué es y cómo se come- cada uno de los diversos fenómenos de discriminación y exclusión presentes en nuestro país.

Sólo esta clasificación nos permitirá en un segundo momento entender cómo podemos abordar y concentrarnos en combatir cada uno de ellos en lo que tiene de especifico y a todos ellos en los que tienen en común, que es básicamente una raíz bien anclada en el ancho mundo de la intolerancia” (2007: 40).
 


[1] Estas cifras son relevantes si las comparamos con el caso de los tojolabales, quienes por diversas circunstancias históricas y sociales, sólo han alcanzado el 0.3% de instrucción universitaria.

[2] De acuerdo con mis observaciones de campo, éstas son algunas de las normas que se les imponían con mayor regularidad a las mujeres.

[3] Las carreras que los juchitecos deciden estudiar son principalmente aquellas que se encuentran directamente relacionadas con las diversas actividades económicas, políticas, sociales y culturales de su lugar de origen, de ahí que muchos zapotecas en la ciudad estudien las carreras de arquitectura, educación, matemáticas, física, informática, contaduría, leyes, psicología, medicina, odontología, antropología, sociología, periodismo, letras, artes plásticas, música, ingeniería en computación, ingeniería eléctrica, ingeniería civil e ingeniería en petróleos, principalmente.

[4] Es de destacar brevemente que los juchitecos han logrado realizar estudios de posgrado no sólo en la ciudad de México, sino en muchas partes del extranjero, principalmente, Francia, Holanda, Estados Unidos y Japón. Y aunque por el momento este no es tema de mi investigación, me gustaría advertir del gran alcance que están logrando tener a nivel mundial en la actualidad. Este tipo de estudios se están realizando con el apoyo otorgado por el Programa Internacional de Becas de Posgrado para Indígenas, de la Ford Foundation International Fellowships Program y del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, así como con el apoyo de otros programas encargados de otorgar becas de posgrado a estudiantes indígenas en todo el mundo.

[5] Para más información sobre este tema ver, Gall, Olivia, “Identidad, exclusión y racismo: reflexiones teóricas y sobre México”, en Revista Mexicana de Sociología, Año 66, núm. 2, abril – junio, Instituto de Investigaciones Sociales – UNAM, México, 2004.

[6] Entrevista realizada a Macario Matus, quien llegó desde muy joven a la ciudad de México para ingresar en la Escuela Nacional para Maestros y después en la Universidad Nacional Autónoma de México, desde entonces ha sido conocido por su gran obra artística y literaria y por el impulso que ha dado a la cultura zapoteca.

[7] Entrevista realizada a Carlos, joven de 29 años de edad, quien llegó a la ciudad de México a los 18 años para estudiar la carrera de Ingeniería Eléctrica en el Instituto Politécnico Nacional.

[8] Entrevista realizada a Claudia, estudiante de 20 años de edad, llegó a la ciudad de México desde muy pequeña.

[9] Entrevista realizada a Natalia Toledo, quien llega desde muy pequeña a residir en la ciudad de México.

[10] Entrevista realizada a la señora Gloria Marcial Cerqueda quien llegó a la ciudad de México a los 14 años de edad. Actualmente la señora Gloria tiene 54 años y se dedica exclusivamente al comercio.

[11] Entrevista realizada a Marco, joven de 30 años de edad, quien llego a la ciudad de México a la edad de 20 años para estudiar la  carrera de ingeniería en ciencias de la informática.

[12] Entrevista realizada a Martha, una estudiante juchiteca de 22 años de edad que actualmente cursa la carrera de Administración de Empresas en la UNAM.

[13] Durante las conversaciones informales y entrevistas que sostuve con algunos hombres y mujeres en Juchitán de Zaragoza, pude apreciar que éstas son algunas de las representaciones más recurrentes en torno a las mujeres.

[14] Testimonio otorgado por Rocío González, quien llegó a la ciudad de México aproximadamente a los once años de edad en compañía de su familia.

[15] Durante las conversaciones informales y entrevistas que sostuve con algunos hombres y mujeres en Juchitán de Zaragoza, pude apreciar que éstas son algunas de las representaciones más recurrentes en torno a los hombres.

[16] Entrevista realizada a Irma Pineda, la primer mujer en presidir la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas A. C. en la ciudad de México.

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