Por fin la pesadilla de Donald Trump comienza a convertirse en realidad. En su edición del sábado 14 de abril The New York Times (NYT) anunció: Aviones de combate y buques de guerra de Estados Unidos (EU), Gran Bretaña y Francia lanzaron más de 100 misiles cerca de Damasco y Homs, dijeron altos funcionarios. Por su lado, Rusia llamó a una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU, en la que EU advirtió que volverá a atacar, si Siria utiliza nuevamente armas químicas.

Por su lado, Trump proclamó: Misión cumplida. Debe decirse que autoridades estadunidenses han subrayado que el ataque tuvo entre sus objetivos principales evitar futuros ataques químicos, pero además, dentro de su sicología de competitividad, Trump tenía que demostrar que la participación de EU en Medio Oriente, después del 9/11, ha sido un total desperdicio.

Ante la preocupación mundial sobre la posible reacción rusa, después de semanas de advertencias y amenazas de Trump, el gobierno ruso aclaró que ninguno de sus intereses vitales fueron amenazados.

En una sección especial, el NYT discute los puntos de vista de congresistas, abogados y funcionarios que coinciden en señalar algo básico: en un ataque como el del viernes pasado están implicados el derecho internacional y el derecho in­terno, que autoriza o no el ataque a una nación, que es el caso que nos ocupa. En este último caso se discute si el presidente tiene autorización constitucional para hacerlo, o si necesariamente debe someterse a la opinión del Congreso.

Por ejemplo, después de que se reveló la decisión de Trump para atacar, el senador Rand Paul, republicano de de Kentucky, afirmó que el presidente requería necesariamente el permiso del Congreso, según la Constitución estadunidense. La gran mayoría de las opiniones ilustradas, dentro de Siria y en lo internacional, han confirmado la necesidad de una autorización del Congreso y, desde luego, la luz verde del Consejo de Seguridad de la ONU.

En un mundo efectivamente regido por el derecho, no hay duda de que estas son obligaciones mínimas para cualquier país atacante. No olvidemos, sin embargo, que Washington convierte ya en una práctica ilegal el ataque sin la autorización del Congreso ni del Consejo de Seguridad, como cuando George Bush atacó a Irak y después a Afganistán.

En tiempos de Bill Clinton, los abogados del Ejecutivo alegaron que el presidente, como comandante en jefe, puede usar la fuerza unilateralmente, si decide que el ataque es en favor del interés nacional, lo que dejaría vacantes muchos aspectos del concepto de guerra, en sentido constitucional…

Por su lado, el Washington Post dice que Trump queda encadenadopor su misma declaración de que repetirá los ataques si Assad usa otra vez armas químicas, mientras el gobernante de Siria se mostró retador y no tan preocupado por los ataques recibidos. ¿Volverá a emplear las armas químicas? ¿Este es su gran desafío al presidente de Estados Unidos?

De cualquier manera, la postura de EU, que según parece se ha convertido ya en práctica ilegal, es relativamente justificada cuando ese país alega que su falta de intervención dejaría sin castigo a países abiertamente transgresores de las normas internacionales, gracias al derecho de veto que tiene cada una de las cinco potencias triunfadoras en la última guerra mundial (EU, China, Rusia, Reino Unido, Francia). Estos serían los miembros permanentes del Consejo de Seguridad que se complementan con otros 10 países transitorios, que cambian cada dos años.

En un conflicto como el de Siria, en el que se encuentran confrontados EU y Rusia, se paralizan las decisiones del consejo por la imposición del veto, lo que ha ocurrido frecuentemente en este caso y que otra vez cobró relieve por el veto al proyecto de resolución rusa que calificaba el ataque a la nación árabe como agresión a un país soberano, según declaró también el presidente Vladimir Putin poco después de que fue rechazado su proyecto de resolución condenando el ataque a Siria.

En otras palabras, como dice La Jornada, Rusia condenó con dureza el ataque de EU y sus aliados europeos en Siria, y asumió una posición prudente al no abrir fuego contra las embarcaciones y aviones que la madrugada del sábado lanzaron 105 misiles crucero en instalaciones estratégicas del gobierno de su aliado Bashar al Assad, lo que evitó un enfrentamiento directo entre los dos poseedores de los arsenales nucleares más devastadores del mundo.

En declaración especial, Putin dijo que sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, en contra de la Carta de Naciones Unidas, de las normas y principios del derecho internacional, se cometió un acto de agresión contra un Estado soberano que se encuentra en la vanguardia de la lucha contra el terrorismo, y añadió: Rusia conde­na de la manera más enérgica la agresión a Siria, donde militares rusos ayudan al legítimo gobierno en su combate al terrorismo. De cualquier modo, la agresión de EU y aliados contra Siria pone la relación con Rusia en su nivel más bajo desde que Trump ocupa la Casa Blanca, ya de por sí deteriorados los vínculos bilaterales de modo sistemático y creciente en los años recientes.

Aquí encontramos seguramente argumentos bastantes para llevar a cabo la esperada reforma y actualización de la Carta de Naciones Unidas, y especialmente del Consejo de Seguridad, que también encuentra su límite al enfrentarse a otro posible veto que frene el intento de modificación de la Carta, que sería rechazado por alguna de las grandes potencias, en caso de limitar sus actuales derechos.

En el caso de Siria, queda también abierta la posibilidad de una reacción más contundente de Rusia, que pueda complicar las cosas. Hasta ahora, Moscú ha sido moderado y previsible, sin que esto signifique que no pueda modificar en las próximas horas o días, y dar lugar entonces a una reacción equivalente de EU y sus aliados, proceso que pudiera ser, a la postre, extremadamente grave para el mundo.

El hecho es que Trump se encuentra con un manojo de problemas que parecen asfixiarlo. El muy grave internacional que comentamos, pero también el sinfín de dificultades que encuentra en su país, de los cuales no es el menor la catarata de cambios que ha operado en su equipo de la Casa Blanca, y aquellos otros no menos graves que se refieren a sus relaciones con el sexo opuesto, que también se han multiplicado y que implican algunos de ellos el dispendio de millones de dólares.

 
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