Son casi 13 millones. La política ocupa entre el séptimo y el noveno lugar en sus prioridades. Les preocupa su futuro personal, emplearse pronto y bien. Desprecian a los políticos, a los partidos y, en general, muestran desinterés por cualquier forma de participación en la vida pública de sus comunidades o del país.

Representan también una fuerza política formidable capaz de dar un vuelco a una elección tan sólo con el poder de su voto.

Aunque se les considera proclives al cambio, hoy sus preferencias electorales y el nivel de su participación en las urnas son una incógnita. Hay quienes los definen como apáticos e incluso indolentes.

Ellos son los jóvenes ciudadanos mexicanos que, en diez semanas, podrán votar por primera vez en una elección de Presidente de la República.

En esa clasificación de las generaciones, que no deja de resultar arbitraria, estos jóvenes forman parte de la última camada de los llamados millennials y se inscriben dentro de la denominada generación Z. Tienen entre 18 y 24 años de edad y significan alrededor de 15 por ciento del padrón electoral del país.

Algunas encuestas realizadas en universidades públicas y privadas demuestran que al menos en este siglo XXI, los jóvenes no ubican a la política dentro de sus prioridades y más bien muestran un desencanto con los políticos y con sus partidos.

La pobreza, la desigualdad de género, la corrupción, la impunidad, la violencia y la inseguridad –que a todos nos agravian– se han traducido en la desesperanza de diferentes esferas de la población, particularmente en aquellas que, como estos jóvenes, han crecido en un país económicamente estancado y no hallan respuestas ni certezas a sus necesidades vitales, a sus aspiraciones legítimas de un mayor bienestar y mucho menos a sus sueños.

Esa desesperanza es un malestar emocional arraigado en estas generaciones que se recluyen en la vida privada, se retraen a lo intangible de lo digital y suelen caer en la inmovilidad. Ellas no conocen otra realidad. Esa ha sido su circunstancia.

En ese contexto, se cree que al abstraerse en el mundo paralelo de lo digital, los jóvenes del siglo XXI pierden contacto con lo real, porque la realidad les duele y, por tanto, se convierten en seres mucho más emocionales que racionales.

De ahí que, al menos en el ámbito electoral, las campañas y el debate político enfocado a lo emocional alcanzan un mayor impacto en los jóvenes.

Salvo la academia, que por su naturaleza misma suele analizar y desmenuzar con mayor rigor las plataformas de las coaliciones y los partidos políticos, ni a los medios de comunicación ni a los grandes públicos, y mucho menos a los jóvenes, les interesa tanto detalle. Las campañas electorales ortodoxas, basadas en el debate serio de las ideas y de las propuestas, parecieran entonces apuntar al vacío.

Es probable que, como ocurre en muchas partes del mundo, una mayoría de los jóvenes simplemente decida no acudir a las urnas. De cualquier forma, la enorme energía de quienes sí se involucren puede ser definitiva para el desenlace de la elección.

El mejor ejemplo de ello fue la inesperada y masiva respuesta de los jóvenes durante la emergencia de septiembre pasado, cuando ante el desastre volcaron su solidaridad a las calles de las ciudades y poblados más afectados.

Durante esos días, lo emocional superó con mucho a lo racional. La fuerza de la juventud se hizo patente y las voces que los acusaban de indolentes tuvieron que enmudecer.

Aún faltan por transcurrir dos tercios de las campañas presidenciales. Seguramente se intensificarán los ataques entre los candidatos. Se enconarán las posiciones. Se caldearán los ánimos. Se vislumbra una elección cerrada hacia el final de la contienda… Y los jóvenes primerizos pueden ser, si se lo proponen, el voto que decida la elección.

 
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