¿Por qué un racista, misógino, vulgar, primario y mentiroso gobierna hoy a los Estados Unidos? Hay muchas respuestas, pero no debemos omitir la más elemental: porque conectó con 60 millones de votantes. Sin duda, muchos reprueban (reprobamos) sus proclamas de superioridad blanca, su forma de hablar y de conducirse con y contra las mujeres, su lenguaje soez, sus planteamientos (de alguna manera hay que llamarlos) básicos y cansinos y su capacidad para crear y explotar “verdades alternativas”, es decir, mentiras. Pero lo cierto, y si se quiere lo triste, es que logró convencer, seducir e incluso entusiasmar a franjas relevantes de la población estadunidense. Y eso fue posible porque les dijo lo que querían oír. Su discurso y su conducta estaban larvados en la sociedad y él le ofreció carta de legitimidad a lo que se mantenía contenido. Quizá uno de nuestros autoengaños más persistentes sea el de pensar a la sociedad como un manantial de virtudes, de conductas justicieras, habitada por ciudadanos, en principio, morales. Y por supuesto que son millones los que se comportan de manera proba y fructífera, pero existen otros que se encuentran en una sintonía no sólo diferente sino opuesta.


Ilustración: Jonathan Rosas

 

Cuando Trump apenas era candidato Javier Marías escribió en El País que en la nación en la cual la inmensa mayoría de los políticos intentaban ser simpáticos, había irrumpido un político de “aspecto grotesco, con su pelo inverosímil y unos ojos que denotan todo menos inteligencia, ni siquiera capacidad de entender. Su sonrisa es inexistente, y si la ensaya sale una mueca de mala leche caballar… No resulta ni distinguido ni culto… sino hortera y tosco hasta asustar… Ha denigrado a los hispanos; a los musulmanes les quiere prohibir la entrada a su país…; se ha mofado de un veterano de Vietnam… ha llamado fea a una rival… (Pero) lejos de desinflarse y perder popularidad, ésta le va en aumento”. (Cuando los tontos mandan, Alfaguara, 2018.)

El problema era (y es) que había logrado expresar un estado de ánimo sembrado en la sociedad del cual se hacía vocero y representante. “Hay millones de individuos que no profesan la menor simpatía por la simpatía… ni a la tolerancia ni a la compasión. Millones con mala uva, iracundos, frustrados, resentidos, en perpetua guerra contra el universo. Millones de indignados… a los que todo parece abominable…”. (Ídem.)

Y por supuesto Trump no es el único. Cada uno con sus singularidades, ahí están Orbán en Hungría, Duterte en Filipinas, Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, Le Pen en Francia. Y súmele usted. En el mundo existe un estado de ánimo que más vale registrar si es que se desea reformar y fortalecer los sistemas democráticos. Habitamos sociedades en las que flota un denso malestar; un desencanto brutal con la política y los políticos. Una ola de indignación que recubre el espacio público y una ira, en ocasiones apenas contenida, que marca las relaciones tensas entre “representados” y “representantes”.

No es fruto de la nada. Hay nutrientes poderosos que ayudan a explicar ese humor público. Enunciados sin concierto, están desde las crisis económicas que sacudieron la placidez en la que navegaban sociedades como España y Grecia hasta los fenómenos de corrupción en América Latina y donde México ha llegado a niveles colosales; desde la falta de empleo y horizonte para los jóvenes hasta las ráfagas de violencia e inseguridad que tiñen de tensión y zozobra la convivencia; desde las desigualdades flagrantes y expansivas que impiden un mínimo de cohesión social hasta la insolencia y humillación que modelan las relaciones entre elites y mayoría. Causas para el malestar, entonces, hay y de sobra.

El problema mayúsculo es que el malestar por sí mismo (siendo expresivo) no es capaz de generar una idea de futuro y suele, en su rechazo a lo existente, mezclar prácticas, valores, normas e instituciones que vale la pena preservar, y si se quiere reformar, con otras que deberíamos intentar desterrar. La xenofobia, la misoginia, el resentimiento, bien instalados, están siendo explotados por redomados demagogos que les dan voz y “representación”. Ellos no crean esos sentimientos; los explotan, les dan cauce, los alimentan y legitiman. Y encuentran invariablemente unos culpables reconocibles: los políticos, los partidos, los órganos de representación, los gobiernos. La complejidad de los problemas suele simplificarse y la furia encuentra un culpable identificable, nítido, inmejorable: los políticos.

Si no somos capaces de atender las causas de esa insatisfacción que se desplaza hacia la ira, es muy probable que el fenómeno de los líderes carismáticos que explotan de manera maniquea la ruptura entre el mundo de la política formal y las grandes masas, seguirá al alta. La tarea de la política de hoy requiere reconocer esas nuevas realidades, atenderlas, tratando de que los precarios o sólidos regímenes democráticos no se reblandezcan o peor aún sean invadidos por energúmenos como Trump.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

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