Muchos republicanos buenos y respetables solían creer que había un punto medio donde podían estar a salvo. No era necesario estar de acuerdo en todo con Donald Trump, pero tampoco había que irse a los extremos y cometer un suicidio político como el disidente Jeff Flake. Era posible encontrar un punto medio y evitar problemas hasta que todo este asunto de Trump pasara.

Ya queda claro que ese punto medio no existe. Eso se debe a que Donald Trump nunca deja de pedir. Primero, le pidió al partido que se hiciera a la idea de tener a un acosador sexual narcisista y un mentiroso rutinario como líder. Después le pidió que aceptara su ignorancia integral y su política de división racial. Ahora, le pide al partido que renuncie a su reputación de conservadurismo fiscal. Al mismo tiempo, le pide al partido que se convierta en el partido de Roy Moore, el partido de la intolerancia, el presunto acoso sexual y el abuso de menores.

Lo que Trump pedirá a su partido no tiene límites. Lo define la falta de vergüenza y por eso no tiene fondo. Además, pareciera que los republicanos comunes están dispuestos a concederle todo. Pronto, Trump podría estarles pidiendo que acepten que despida a Robert Mueller y sí, tras algunos suspiros de impaciencia, también aceptarán.

Esa es la forma en la que esos tratos corruptos funcionan siempre. Uno piensa que solo le está cediendo un poco a un verdugo, pero sigue pidiendo más y más… y en poco tiempo ya es dueño de toda nuestra alma.

El Partido Republicano está dañando todas y cada una de las causas que se propone servir. Si los republicanos aceptan que Roy Moore se convierta en senador de Estados Unidos, durante un tiempo podrían tener un voto más por la justicia o por un recorte fiscal, pero habrán hecho al partido repugnante para toda una generación. La causa provida siempre estará asociada con la hipocresía moral a una escala monumental. La palabra “evangélico” ya está ganándose el descrédito de toda una generación. La gente joven y la gente de raza negra miran al Partido Republicano de Trump y Moore y sienten repugnancia, una repugnancia que quizá dure para siempre.

No se ayuda a la causa arropando a un presunto depredador sexual e intolerante patriarcal; no contribuye el anteponer la búsqueda de poder al carácter, poniéndose a los pies de uno u otro hombre agresivo, alegando que el fin justifica los medios. No se racionaliza con éxito la propia chabacanería alegando que nuestros oponentes son satánicos. No se salva al cristianismo traicionando su mensaje.

Como preguntó Jesucristo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma?”. El actual Partido Republicano parece no entender esa pregunta. Donald Trump parece haber hecho el lema que rige su vida entera el ganarse el mundo a costa de su alma.

Es sorprendente que no haya habido más republicanos como Mitt Romney que dijeran: “¡Ya fue suficiente! ¡Ya no puedo más!”.

La razón, a mi parecer, es que la podredumbre que nos ha llevado al extremo del senador Roy Moore comenzó hace tiempo. Con Sarah Palin y la propagación de Fox News, el Partido Republicano inició el cambio de un ethos de excelencia por un ethos de vendedor.

El Partido Republicano con el que crecí admiraba la excelencia. Admiraba la excelencia intelectual (Milton Friedman, William F. Buckley), la excelencia moral (el papa Juan Pablo II, Natan Sharansky) y a los líderes excelentes (James Baker, Jeane Kirkpatrick). El populismo abandonó todo eso y tuvo que hacerlo debido a su propia naturaleza. La excelencia es jerárquica. La excelencia requiere trabajo, tiempo, experiencia y talento. El populismo no cree en las jerarquías. El populismo no exige el esfuerzo que se requiere para entender lo mejor que se ha pensado y dicho. El populismo celebra el eslogan rápido, la cuchillada impulsiva, la afirmación ignorante y fácil. El populismo es ciego ante la maestría y acepta la mediocridad.

Comparemos los recortes fiscales de la era del lado de la oferta con los recortes fiscales de la actualidad. Hubo tres recortes fiscales importantes en la época anterior: el recorte fiscal de las ganancias de capital de 1978, el recorte fiscal de Kemp-Roth de 1981 y la reforma fiscal de 1986. Se aprobaron con apoyo bipartidista, después de un extenso proceso legislativo. Todos ellos respondieron a un problema apremiante en aquel momento, que era la estanflación (la inflación alta persistente combinada con una elevada tasa de desempleo y una demanda estancada en la economía) y la esclerosis económica. Todos se basaban en un cuerpo de trabajo intelectual serio.

Ahora los liberales asocian la economía del lado de la oferta con la curva de Laffer, pero eso era secundario. La economía de la oferta se basaba en la ley de los mercados, de que la oferta creaba su propia demanda. Se basaba en la idea de que si uno reorganiza los incentivos de los pequeños empresarios es más probable que obtenga como resultado nuevos emprendimientos y más innovación. Esos recortes fueron aceptados por ganadores del Premio Nobel y representaron toda una visión social, que anteponía a los emprendedores dispersos a la concentración de corporativos opulentos 

Los recortes fiscales de hoy no tienen apoyo bipartidista. No tienen bases intelectuales ni están sustentados por evidencias. No responden a la crisis central de nuestro tiempo. No tienen visión del bien común, excepto que los donantes republicanos deberían recibir más dinero y los donantes demócratas deberían tener menos.

La podredumbre que afecta al Partido Republicano es total: moral, intelectual, política y de reputación. Cada vez más exrepublicanos se levantan y se dan cuenta: “Me he quedado sin hogar. Me he quedado sin un hogar político”.

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