En las viejas mitologías abundan los diluvios y los paraísos perdidos bajo el mar. En la epopeya hispánica L’Atlàntida de Verdaguer se hunde el continente de los atlantes y nace la futura América: en otros casos, se imponen diluvios de toda índole. Carles Puigdemont, desde su exilio de pommes fritesen Bruselas prenuncia otras inundaciones, sin cauce ni razón histórica, sino más bien secuela de un posdiluvio en el que los fundamentos de la Cataluña moderna parecen carecer de peso específico, arraigo y capacidad de sedimentación. Dicho de otro modo: han caducado los repertorios mitológicos y el contraste entre sociedades homogéneas y heterogéneas carece de fronteras fijas, pero el nacionalismo no lo había comprendido porque estaba con sus labores titánicas de presión mediática, hostilidad digital, propaganda y primitivismo dialéctico. Mientras, cientos de miles de electores han hecho de Ciudadanos el partido más votado aunque Puigdemont esté en Bruselas empeñado en seguir presidiendo la Generalitat por alfabeto Morse o con señales de humo. El nacionalismo se juega ahora su propia realidad. En realidad, le queda algo de presente, pero no se ve su futuro. 

Si nos preguntamos por el grado de racionalidad que tiene la trayectoria de Puigdemont, la respuesta es muy precaria, antediluviana. Toda su ejecutoria pública consiste en truncar las conexiones de la sociedad catalana con sus arraigos de convivencia, respeto a la ley, coexistencias identitarias, know howeconómico, virtualidad institucional y sentido hispánico. Aún demostrando que algunos agravios de Cataluña sean ciertos no es justificable que la solución sea romper con España. Ni los sucesivos diluvios nacionalistas han logrado generar una mayoría suficiente convencida de la necesidad perentoria de constituir una república catalana para quedarse fuera de España y, por consiguiente, de la Unión Europea. Ha diluviado a fondo desde el crack pujolista, pero el definitivo rey de las lluvias ha sido Carles Puigdemont, un ser de la Cataluña profunda y subvencionada, con instintos de pastor sin GPS, acunado en la causa separatista, sin otra pasión política que una hispanofobia indigenista y con dedicación a cargo general del contribuyente. Bajo las rachas de su diluvio incluso hemos visto pasar expediciones carlistas con capote impermeable y aversión al Estado liberal, por supuesto al Estado de derecho y la razón de ser de la Unión Europea. Nunca fue el nacionalismo catalán menos autocrítico ni más simplista, hasta el punto de que —como revela el mapa poselectoral— uno de sus errores más inmensos ha sido gestionar tribalmente lo que es una Cataluña compleja, que cambia todos los días y que se reinterpreta de forma espontánea más allá del mito y la fábula. El año pasado, a pesar de que ya eran tiempos ilusorios para el independentismo, una de las voces más fundamentalistas de la secesión propuso en un tuit que, cuando se diera la victoria independentista, había que ser magnánimo con todos los que querrían haberla hecho fracasar por advertirlo con antelación. ¿Es que advertir de que el independentismo no saldría adelante era hacerlo fracasar? Fracasa por sí mismo. No lo impide el llamado discurso del miedo que no era sino consideración del impacto económico negativo. Intuíamos que no sabrían aceptarlo. Ahora viene lo de siempre: corresponderá a los demás aligerar el estropicio. Puede tardar mucho. Habrá otras pasiones, otros videojuegos. Tal vez el emocionalismo vaya quedándose en casa.

Con la aplicación del 155, criticada por blanda en sectores de la derecha española no siempre clarividentes, el tumulto de hipocresía fue inmediato: en el entorno abradacabrante de Puigdemont se persiste en la idea de que las recientes elecciones son una derrota del 155, pero lo cierto es que ningún partido dejó de presentar candidaturas —Puigdemont, la suya—, como no hubo dimisión de cargos políticos de la Generalitat cuando el Gobierno de Mariano Rajoy obtuvo el visto bueno del Senado. El 155 ha sido beneficioso por dar estabilidad en instantes frágiles y garantizar el desempeño de una administración pública que llevaba años paralizada. Los intentos por convertir la resistencia al 155 en un nuevo mantra no han tenido éxito, hasta el punto que el partido más votado le dio su pleno apoyo. Sigue diluviando allá donde esté Puigdemont. Está sin arca flotante, sin parejas de toda especie animal embarcadas para reconstruir el mundo. Su mundo es irreconstruible porque, aunque deje posos y frustración abertzale, es una falacia. Es absurdo suponer legitimidad donde solo hay patología política.

Valentí Puig es escritor.

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