Alemania, la que controla Europa, la que ha delineado la política de austeridad, de ajuste fiscal y de disciplina económica, provocando que el mapa continental tenga más solvencia, pero menos ilusión, el país que siempre sabe de adentro hacia fuera qué es lo que quiere y le conviene, está perdida.

Los últimos momentos de la negociación para acordar una nueva gran coalición en Alemania entre el bloque de centro-derecha (CDU/CSU) de Angela Merkel y el Partido Socialdemócrata (SPD) de Martin Schulz muestran, de forma significativa, no solo la crisis de los sistemas, sino la rapidez con que el mundo moderno consume las ambiciones y rechaza los sueños.

Durante el proceso de negociación, las encuestas -valgan para lo que valgan- han dejado claro que tanto la CDU/CSU como el SPD han ido perdiendo posiciones porque los alemanes castigan a los políticos que no saben ponerse de acuerdo. Pero al tiempo, conforme a un sondeo publicado por el diario Bild, el 47% de los alemanes se manifiestan confiados en que esta nueva gran coalición será lo mejor para su país y para Europa.

En mi opinión, esta situación confirma una vez más la crisis de los sistemas. No solo por lo difícil que es construir Gobiernos, sino por lo frágiles e indefensos que están frente al desafío que representa el fin del régimen, es decir, el hecho de que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial exista una Alemania en la que los filonazis hayan podido llegar al Bundestag y tener nada más y nada menos que 94 escaños.

En este momento, los alemanes castigan a sus principales partidos políticos, pero también están dejando su ilusión en manos de los enemigos que hemos ido construyendo a escala mundial. Me refiero al hecho de que, frente a las fronteras, hay muros, frente a procesos de integración, los hay de segregación, y frente a fenómenos que agudizan las diferencias sociales, está la llegada de una nueva clase dominante que amenaza las instituciones.

Lo de menos es la ideología de derechas o de izquierdas, fascista, nazi, comunista o populista que está detrás del intento porque lo importante es acabar con las instituciones, acabar con el mundo tal y como lo hemos conocido desde 1945 hasta ahora.

Es evidente la inestabilidad que genera el hecho de que estos sean probablemente los últimos cuatro años de Merkel y las escasas esperanzas de que esta nueva Gran Coalición alemana llegue a tener la fuerza necesaria para modificar el resto de Europa.

Si bien es verdad que gran parte de la crisis de Europa se deriva del monolitismo y de la incomprensión de los alemanes hacia las otras sensibilidades y necesidades europeas, la debilidad alemana podría -en el caso de que no fueran esclavos del fin del sistema- redefinir lo que sería otra Europa sobre unas nuevas bases de entendimiento más políticas y sociales, menos austeras y rígidas.

Actualmente, los partidos políticos que representan la fuerza del sentimiento antisistema no tienen una tendencia ideológica concreta porque, sencillamente, su ideología consiste en destruir un sistema que ya caducó. Y el biotipo de los líderes de esas fuerzas corresponde a la generación de Internet, mientras que los representantes del viejo orden como Merkel y Schulz son políticos que vienen de los últimos años del siglo XX.

En este escenario, fracturado el dominio de la Europa que instauró el eje París-Berlín, Emmanuel Macron, el presidente de Francia, tiene una gran oportunidad, ya que su programa implica destruir las instituciones desde dentro en una implosión controlada y convertirse en el representante de ese cambio de sistema, pero no sobre la base de anularlo, sino de modificarlo.

A eso juega Macron y a eso dejaron de jugar países como Italia o los que decidieron salirse de la Unión Europea como Reino Unido con su Brexit. Pero ese no es, en el fondo, el juego de una Alemania sumida actualmente en la incertidumbre. En estas circunstancias, imagínese cómo podrá instaurar Berlín un modelo alternativo que reconstruya lo que ha sido el eje principal de su política, precisamente la Unión Europea, porque es ahí donde están la clave y el tablero.

Asistimos, elección tras elección y en cualquier país, al hecho de que aquellos candidatos que buscan continuar en el poder sufren un generalizado rechazo social por representar sistemas agotados, incapaces de enfrentarse a la corrupción, la impunidad y la insensibilidad social. En el caso de Alemania, el fortalecimiento de la alternativa populista, solo significará un paso más en el peligroso camino del aislamiento, del levantamiento de muros y de la destrucción las conquistas de la libertad de las que hemos disfrutado en buena parte del siglo XX y del actual. Como estamos viendo en los EE UU de Trump el precio es muy alto: la insatisfacción y la infelicidad que produce el ser conscientes de que, teniendo esquemas políticos democráticos, no tenemos ni presente ni capacidad para diseñar el futuro.

 

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